Alguien dijo una vez que las historias tienen vida propia y existen por sí mismas. Viven entre nosotros y dotan de sentido cada una de nuestras experiencias. Se encuentran en cada calle, en cada fachada, en cada café, en el humo de un cigarrillo. Viven en las miradas tristes, y en las alegres. Navegan en lágrimas tal y como pueden hacerlo en el mar. Incluso habitan el silencio y lo que este susurra. Las historias pueden narrar hechos reales y ficticios. Pero incluso en aquellos que son fantásticos, la realidad persiste por sí sola, porque los sueños forman parte de la vida tal y como lo hacen las historias. Esperan a que alguien las recoja y las redacte. Aguardan a que alguien se detenga a pensar para que fluya a través de sus pensamientos y acabe transcribiéndola en el lenguaje del papel. Los escritores son tan sólo el canal que las conduce al mundo de los vivos.
Las historias son como el viento que silba en las montañas y porta noticias de otros lugares. Son como el sonido de las olas al morir en la playa, explicándonos qué hay o quien está al otro lado. Son las sombras del atardecer y el reflejo en el horizonte. Son el brillo de la esperanza, porque las palabras quedan para siempre en aquellos que son capaces de escucharlas.
Las personas viven sin pensar en todas las historias que se entrecruzan en su camino. Viven sin mirar más allá de lo que sus ojos perciben. No saben que allí donde van, surge un nuevo argumento que puede, o no, llegar a cobrar forma, pero quedará latente hasta que alguien lo recoja.
Buscamos respuestas a preguntas que a veces ya han sido respondidas, pero no queremos aceptarlas. A veces necesitamos huir del mundo para encontrarnos a nosotros mismos, sin saber que no hay lugar que valga. Podemos cambiar de escenario, de hábitos e incluso hasta de nombre. Pero no podemos cambiar quienes somos. Vayamos donde vayamos, la única salida, la única respuesta reside en uno mismo. Y eso nada puede cambiarlo.
Sin embargo, todos esos lugares que vemos, la gente que conocemos la personalidad que forjamos en base a lo aprendido, el tiempo utilizado, las palabras que decimos, las sonrisas que mostramos, las lágrimas que derramamos y las personas a las que amamos, forman un vínculo con nosotros, y una nueva historia surge. Y las historias residen allí donde fuimos, allí donde conocimos, Allí donde vivimos.
Esta historia es una de tantas que pueden surgir a la sombra del mundo, de la que nadie es testigo, pero deja huella en los corazones de los implicados. Los personajes son ficticios, pero ¿qué puede importar eso, cuando las emociones son tan reales como las que tú o yo podemos llegar a sentir? Es posible incluso, que los protagonistas sean más reales que algunos de carne y hueso.
Se quedó en silencio, pálido como el hielo y el rostro en la más absoluta inexpresión. La oscuridad abnegó su alma cuando el coche atravesó la calzada sin mirar tan siquiera quién podía estar cruzando en el paso. La velocidad del conductor era tal que nada ni nadie podría haber resistido el impacto.
Se levantó lentamente de la silla metálica del café que hacía esquina con la avenida principal, frente a la catedral. El tiempo se detuvo en aquel instante donde supo lo que iba a suceder y la desgarradora impotencia daría paso a la inconmensurable tristeza que sobrevendría una y otra vez en el transcurso del tiempo. Pero en ese preciso momento la línea de dos destinos se distorsionaba, amenazando con utilizar un as bajo la manga. Con una pregunta tan escalofriante como perturbadora. “¿Vivirá?”.
Sus miradas se cruzaron en el segundo previo al accidente. Los ojos de uno brillaban por la excitación del reencuentro. Los de otro por el inminente peligro que estaba sufriendo. Luego el tiempo volvió a disolverse con su transcurso inmortal.
Los faros le alumbraron. Conductor y víctima se miraron en el último instante, pero el primero, bajo los efectos del alcohol no pudo maniobrar para evitarle. El cuerpo se alzó en el aire dando dos tumbos en el capot y la luna delantera. Luego se arrastró por el techo y aterrizó al otro lado del coche, doblado como un muñeco de trapo, y escupiendo fluidos orgánicos. La sangre tiñó el lugar con su tono carmesí. El sonido del cláxon fue lo único que perturbó el silencio tras los chirridos de las ruedas en un intento desesperado por detener el vehículo.
Corrió hacia el lugar, en la más completa desesperación, intentando despertar de un sueño que nunca iba a llegar. La realidad era tan clara como la sangrienta escena que se estaba viendo obligado a presenciar.
Llegó hasta el cuerpo en el mismo instante en que la puerta del vehículo asesino se abría. Los efluvios de la gasolina y el vapor caliente ensombrecieron un instante al agresor, que intentó acercarse, obnubilado y desubicado. Sin embargo trastabilló y cayó al suelo entre sollozos, en el patético intento del perdón que quería recibir por el acto consciente que había cometido. Y al margen de la historia que da comienzo ahora, el asesino vivió impune, por la ley que no es justicia y las normas de una sociedad tan corrupta como lo es el alma humana.
La oscuridad roja de la muerte en su forma líquida cubrió el mundo del chico de la cafetería que esperó la llegada de otro que nunca recibió. Y mientras intentaba hablarle, gritando a la gente que llamara a una ambulancia, los recuerdos volvían como el torbellino que se revela por la mente del que va a morir, en una secuencia veloz que anuncia el fin.
La noche en la ciudad quedaba relegada a míseros espacios entre las calles alumbradas. La marabunta humana deambulaba a raudales sin reparar en lo que tenía alrededor. La medianoche había hecho acto de presencia y los jóvenes, se embarcaban en la cruzada del fin de semana. Unos montados a lomos del alcohol, de las drogas, de la música, del sexo, o del baile. Otro también de la amistad.
Y los dos amigos caminaban a paso ligero. El frío se les pegaba como una segunda piel y se calaba en sus huesos. Raúl se dejaba llevar por Hugo, puesto que no conocía la ciudad. Incluso en el transcurso de los seis meses que ahora concluían y que había vivido en la ciudad, no acababa de ubicarse entre tanto entresijo de calles. Quizás porque venía de una ciudad más pequeña y porque la rutina marca la existencia y predeterminación del sentido humano acomodado.
Callejearon a corriente y contracorriente de la gente que entraba y salía de los bares. Raúl no estaba muy predispuesto a esa noche de fiesta, anclado en el pensamiento del irremediable retorno a su ciudad, no era capaz de disfrutar del momento presente, como jamás había conseguido. Seguía anclado en sus viejos y conocidos enemigos que le retenían con fuertes e irrompibles cadenas: el Tiempo, la Lejanía y la Soledad. Y frente a ellos siempre se había mostrado duro, incorruptible. Insensible a la humanidad y al reflejo de la tristeza que sólo se traslucía en retazos de su mirada. Nunca había esperado nada más del sentimiento humano. Quizás no esperaba sorpresas o ilusiones, pues carecía de ellas y del sentimiento que provocan. Todo debido a las huellas del pasado, tan profundas, que permanecerían imborrables hasta el final. O eso creía.
La noche transcurría con normalidad. Cedió al placentero efecto del alcohol y a la desinhibición que provocaba. La tristeza de su mirada, la añoranza a una ciudad que todavía no había dejado se disfrazaron bajo el vodka, las risas y la música. Hugo conocía a mucha gente y Raúl no era capaz de acordarse ni de dos nombres bajo el estado de embriaguez que acabó consiguiendo. Había cruzado la línea de la lóbrega realidad a la que se enfrentaba cada día. Y aquella noche no quería tener que pensar en ella.
Sin embargo y quizás porqué había dejado momentáneamente a sus fantasmas anclados en el baúl de la memoria, se acordó de un nombre.
Juan era un buen amigo de Hugo. Al final se formó un grupo bastante grande y se encaminaron a una enorme discoteca donde Raúl ya había estado varias veces. A pesar de ello, aquella noche era distinta. Quizás el alcohol, quizás la morriña, quizás el sentimiento latente de soledad y el de atracción irrevocable por aquel chico delgado del que tan sólo sabía su nombre.
Cuando ambos fueron conscientes de la mutua atracción, Raúl tuvo un momento de lucidez. El momento exacto para ponerse la careta de piedra y enmascarar la debilidad, la conciencia, la humanidad. No quería el remordimiento del sentimiento. No podía olvidar, aunque si olvidarse a sí mismo.
Y el camino de la seducción les llevó a reunirse inesperadamente en un cuarto de baño del local. Embadurnados de la emoción y la excitación recorrían sus cuerpos sin pensarlo, sustraída la esencia de las formas y el sentido común. Dejarse llevar era la mejor manera de olvidarse de uno mismo. Pero cuán equivocado estaba Raúl.
La noche concluyó entre despedidas escuetas y hechos encubiertos. La mañana amenazaba con despuntar y al cansancio no sería capaz de sumarle el retorno a la realidad.
Los días transcurrieron con normalidad en la rutina de Raúl. Ajeno a todo y a todos, sus prácticas ocupaban su tiempo y del poco que disponía era para contar las horas que quedaban para marcharse y dejar una vida nueva que no había sido capaz de experimentar y vivir. Ahora sabía a ciencia cierta que el haber huido de su pasado no le iba a librar de él. Se había marchado a otra ciudad donde nadie le conocía, donde sus propios fantasmas acabarían distorsionándose hasta desaparecer, desvinculado ya de un tiempo que creyó muerto. A menudo somos nuestro peor enemigo y el miedo es el más letal de los venenos. Pero en todo universo, sea del tamaño que sea y comprenda las situaciones que comprenda, existe una balanza, capaz de equilibrar cualquier hecho, fuerza o pensamiento.
Juan iba a ser un fantasma difuso en el recuerdo de Raúl. Al menos ese era su propósito. Quedarse con las ganas de saber quién y cómo era. Lamentarse de sí podrían haberse gustado, conocido. Estos eran los pensamientos que se albergaban tras la careta de su vida. De su corazón, tan humano como el de cualquiera. A veces, incluso más de lo que era capaz de aceptar. Por eso se encerraba, más si cabe, en sí mismo y en el silencio perturbador que produce el vacío.
Juan llamó a la puerta de Raúl a través de Hugo. Internet y su mundo ficticio eran la salida de escape de muchos. No la de Raúl, pero eso no le impedía sumergirse y evadirse de su propia existencia. Juan resultó ser un tipo agradable con él que se podía conversar. Hablaron sin tapujos de que no esperaban que el otro se acordara de haberse conocido o del episodio sexual de la discoteca. Raúl se encontraba relajado frente al teclado y sospechaba que aún con toda la tranquilidad con la que podía hablar con Juan, este llevaba toda una vida en esa gran ciudad donde nadie es nadie y todos somos sombras que se cruzan en tu vida. Juicios de valor para el que se resigna a creer que puede haber gente buena. Frutos de una experiencia fortuitamente desgraciada y desoladora.
El azar, la gran rueda del destino o el encuentro casual en una calle, les condujo el fin de semana siguiente a la misma discoteca. La situación fue un tanto distinta. Hugo se había marchado a otro antro, dispuesto a no desperdiciar la carnaza que se exhibía. Raúl se quedó en compañía de Juan y sus amigos. Nervioso de sí mismo y de causar buena impresión, habló con una amiga suya y se integró con facilidad. Hasta que el tiempo y la situación se encargaron de sentarles en el mismo sofá y de obligarles a hablar.
Fue un extraño momento para Raúl. Juan era de lo más interesante. Un artista en sus comienzos que había hecho sus pinitos en el cine y sobretodo un excepcional cantante que el mundo aún no había descubierto. Las sensaciones que envolvían a Raúl eran las mismas de siempre, pero los matices son más importantes de lo que a veces estamos dispuestos a aceptar. Y la verdad era que se sentía muy a gusto con él.
El capítulo del cuarto de baño del local se repitió. Esta vez sin el influjo del alcohol, conscientes de las sensaciones, de las palabras y los hechos. Expuestos a sí mismos y en la excitación creciente y envolvente de la juventud de la que gozaban.
¿Qué iba a suceder a partir de entonces? ¿Se volverían a ver? ¿Qué podría despertar en el corazón de alguno? Raúl sabía que nada. Este le había hecho conocedor de su marcha y apostaba que no volvería a quedar con él, sabedor de esta información.
La semana posterior el mundo explotó sobre Raúl. Demonios de su pasado volvían para recordarle sentimientos olvidados de gente muerta en su alma, fantasmas imperecederos del tiempo y la distancia. Los espectros inmortales que irrumpen en la esencia de lo humano y son irrefrenables. La tristeza embriagó su mente y su cuerpo.
Infravalorado en todo su esplendor, entre sollozos, disgustado consigo mismo, con su cuerpo y con su debilidad, se fustigaba por otro traspié. Haberse dejado llevar por los impulsos a los que un día renunció. No hablaba de amor, ni si quiera de enamoramiento, pero sí de encontrar a buenas personas, de esas que creyó ya sólo existían en los cuentos de hadas y faunos. La vida le había enseñado. Y la experiencia era la lamentable muestra de la madurez y la soledad. Se había resignado a vivir una vida al lado de alguien, o disfrutando de la compañía de alguien. No creía en honestidad ni en la reciprocidad. No creía en la humanidad. Una paradójica reflexión, ya que se detestaba a sí mismo por sentirse tan mortal.
Durante tres días completos sus ojos se enturbiaron por las lágrimas. Él sabía que debía marcharse, volver a una ciudad que años atrás fue su esperanza para sobrevivir, para cambiar. Ahora era un conjunto de rascacielos grises que su sonrisa (como una vez alguien le dijo) debía iluminar. No se sentía capaz de ello. De regresar a las mismas caras, a los mismos lugares y a los mismos momentos de desesperación que le habían llevado a su vez, a tomar la decisión de embarcarse hacia la capital del país y reencontrarse a sí mismo. La desilusión de un ser inconformista que no había hallado las respuestas que ansiaba, hizo de embudo durante demasiado tiempo. Y en aquellos días las tuberías que habían tragado toda la represión vomitaron la soledad, la tristeza y el dolor acallado. No era Juan el responsable de la manifestación de su patética situación de autocompasión, pero sí era una gota más, que ayudaba a desbordar el vaso.
Su vida, privada de una infancia feliz, la sentía interrumpida. Identificado una y otra vez con una película, se decidió al fin a comprarla y a rememorar una parte de su vida que siempre fue mejor. Se identificaba una y otra vez con el papel de una psicótica que vivía sin temor a que nadie se enfrentara a ella. Pero la realidad era que no se identificaba con ella, pero habría querido identificarse. Ser la locura, el imprevisible, el inconformista, el que no mira atrás. Ansiaba ser así. Ansiaba seguir negándose a sí mismo.
Aquella noche vio la película y lloró, a espaldas de sus compañeros de piso, como nunca lo había hecho.
La ambulancia cerró sus puertas y se lo llevó, cubierto con sábanas blancas que fueron tiñéndose del color de la muerte. Se lo llevaron entre los susurros y las miradas de la gente. Se lo llevaron entre sus propias lágrimas y los faros y sirenas. El vehículo desapareció en la oscuridad, en las calles solitarias de la ciudad. El mundo adquirió un matiz mortecino, absorbido a través de una lámina de cristal. Todo parecía ocurrir a un ritmo extremadamente lento y sentía en su piel el agónico susurrar del viento que traía consigo un olor extraño a flores muertas.
Se quedó mirando la gran mancha de sangre. Un lúgubre abismo parecía hallarse en el centro de la misma. Creía que si se acercaba mucho, acabaría cayendo en él. Los cristales rotos asemejaban espejos que amplificaban la escena. Las imágenes del accidente que se resistían a dejar el lugar para perpetuar su angustia. La cinta policial, las declaraciones de los testigos. Todo parecía albergar un mensaje intrínseco de tétrico significado.
Recordaba como si lo estuviera viendo de nuevo, como había escupido sangre por la boca y le habían introducido allí mismo aquel tubo. Su cuerpo quedaba conectado a una máquina, en manos de la cual recaía el peso de su vida. Cables interminables le conectaron a un sistema de monitorización de constantes. Observó en la pantalla el débil latido de su corazón. Unas ondas electromagnéticas que indicaban, seguía vivo y alimentaban lo único que le quedaba. La esperanza.
Sus ojos se abrían y cerraban por los estímulos y convulsiones. En un determinado momento, sus párpados se abrieron y sus miradas volvieron a encontrarse. Él, rozando la muerte, le reconoció. Su expresión se relajó y su boca se abrió intentando hablar pero el tubo endotraqueal se lo impedía. Las lágrimas rebasaban las órbitas de sus ojos amoratados, con restos de cristales adentrados en la carne. Le subieron a una camilla y los enfermeros le cogieron vías e infundieron sueros. Sus manos se rozaron en el último instante para luego ser introducido en la UVI móvil.
Luego quedó de nuevo la soledad, la lejanía y el silencio.
Pero de nuevo el influjo del equilibrio universal volvía. El tren de la vida que se escapaba, enlenteció su marcha para darle la oportunidad de subirse al vagón de la esperanza. La oportunidad de dejarse llevar, de vivir al margen de la reflexión que había convertido su vida en un baile de sombras grises y negras. Los recuerdos de un tiempo lejano marcaron su existencia, midiendo cada palabra, cada hecho, cada sensación. Inherente a todo, ajeno a la emoción, enfriado por el raciocinio y la cordura. Y a la vez, fustigado por verse como un anciano moribundo, exento de ilusión, atrapado en el cuerpo de un joven.
Quizás todo eso podía cambiar. Quizás el destino tenía reservado algo para él. O quizás fuera como despertar de una pesadilla que se repite cada noche, hasta que un día desaparece.
Una noche próxima al adiós, Juan y Raúl decidieron verse fuera del tumulto nocturno. Ajenos a la promiscuidad de la noche en todos sus aspectos, decidieron ir a ver una película que a Juan le encantaba y que a Raúl no le desagradaba. Lo pasaron muy bien, disfrutaron de las canciones, de las letras, de las escenas y de las actrices, pero también de las caricias y de los besos. Raúl agradeció a la actriz después, en sus pensamientos, haber realizado aquella película, porque hacía mucho que no disfrutaba tanto en el cine. Siguió engañándose, no era la película, si no con quien iba.
Al día siguiente Juan actuaba en un pueblo lejano a la ciudad. A Raúl le apetecía verle y por mucho que Juan le insistió en que no fuera, en que estaba muy lejos, no se arredró. Por algún motivo desconocido (negarse a sí mismo que aquel chico le gustaba), fue. Y mientras esperaba la llegada del tren, recibió la llamada de una amiga con la que por primera vez habló de sí mismo y de la tristeza del pasado, de los lamentos que atormentaban su alma acomodada a la resignación. Cuando su amiga colgó el teléfono comprendió que a partir de aquel momento, empezaría realmente a conocer a su amigo, que hasta ahora había sido tan impenetrable y frío como el hielo.
Pero toda tristeza terminó cuando Juan y Raúl se vieron, para sorpresa de Juan. Raúl recordaría su mirada, tan expresiva y llena de emociones contenidas. Recordaría que él había activado ese influjo de sensaciones. Recordaría perderse en la diversión del espectáculo y olvidarse del último tren de regreso. Recordaría sobretodo sus canciones, tan vívidas, tan melódicas y cargadas de fuerza. Y recordaría siempre las palabras de Juan, cuando le dedicó aquella canción. La tristeza de horas antes, lágrimas de soledad, se convirtieron en lágrimas de emoción. Por una vez, reconoció en público que sabía llorar.
Aquella noche acabaron en la cama y a pesar del sexo en su forma posible, las palabras eran el mayor de los regalos que ambos recibieron. Raúl descubrió que Juan era mejor de lo que había esperado y descubrió que había sido víctima de un pasado incluso más duro que el suyo. No tenía derecho a sentirse tan egoísta. Su conversación fue fluida, sin tapujos, sin engaños. Sinceridad en la oscuridad de la noche, en la desnudez de sus cuerpos, en las caricias de su piel y el tacto de sus manos.
¿Y para qué había servido toda aquella sinceridad? Decirse que no estaban enamorados, pero que se gustaban. Que el recuerdo no moriría en la distancia. Que el reencuentro era posible y que el pasado oscuro, prescindible. ¿De qué servía cuando nada había después?
La noche siguiente, se encontraron de nuevo por la red. Raúl abatido de nuevo por su marcha, incapaz de desprenderse de sus malesr. La prueba estaba en la vulnerabilidad y emoción cuando se encontraba con Juan.
Pero aquella noche, todo cambió. La palabra es el mayor de los dones que posee el hombre. No sabría muy bien cómo definir una conversación que emanaba fuerza por sí misma. Una conversación que tocó todos los puntos débiles de Raúl y los atenuó con soluciones, con salidas, con expectativas y sonrisas. La inyección de moral que necesitaba para irse diciendo que volvería. Aceptó al fin que quería a aquel chico, pero que no podía hacer nada frente a las circunstancias. No albergaba el deseo de segundas partes posible, no esperaba reencuentros y sueños inalcanzables. No esperaba la utopía por definición. Pero su vida había tomado otro cariz.
Esperanza.
Sé de buena tinta, que aquella conversación sería guardada en un archivo y leída tantas y tantas veces para recordarse que había un mañana. Que la vida tenía sentido y que el valor para enfrentarse a sí mismo está en el interior de cada uno. Tan sólo había que hallar la forma de hacerse con él. Las palabras de aquella noche serían la llave.
En la última semana que permaneció en la gran urbe, Raúl sabía que vería a Juan. De algún modo u otro sucedería. El fin de semana previo a su marcha se encontraron y Raúl estuvo reticente. No quería incrementar ese deseo de estar con él y acabó por mostrarse incluso arisco. Juan que era un gran observador le dejó entrever que sabía por qué estaba así, que podía contar con él para lo que quisiera.
La verdad era que los fantasmas volvían una vez más, pero de una forma más difusa, más distorsionada y débil. Aquella noche, tras irse de la discoteca y disculparse con Juan tras mensajes que poco iban a cambiar la percepción de ambos, Raúl volvió a leer la conversación que tuvieron ahora hace ya mucho tiempo.
Pero Raúl sabía que en la distancia o en la proximidad que aún podían compartir, quedaban todavía muchas palabras que decir y decirse a sí mismo. Explicarse que la vida era algo más que sentirse sólo. Que era algo más que dejar de sentirse sólo. Juan contribuyó en cambiar aquella percepción y por ello siempre le estaría agradecido.
Pero muchos desearíamos que las historias nunca dejaran de escribirse, que el argumento o la trama se volvieran inmortales, repitiendo los momentos cruciales y saboreando las experiencias una y otra vez. Anclarse en el pasado y evitar desprenderse de aquello que se alojará por siempre en el recuerdo es tan duro como el significado del propio fin. Pero la vida es un río que a veces lleva un gran caudal y otras es tan sólo un hilillo. Podemos detenernos en una roca por un momento o nadar a contracorriente unos segundos, pero las aguas acabarán llevándonos donde quieran, porque esa fuerza es el espíritu y no podemos regresar. Sin embargo, a veces, las historias, las pequeñas historias, son las que hacen que esa agua vital se detenga en un meandro, encontrando la esencia de aquello que buscamos momentáneamente. Uno de esos remansos puede contar este pequeño relato que no es más que un alto en el largo camino.
La historia entre aquellas dos personas siguió escribiéndose con el paso del tiempo. Ellos son los únicos que albergan los secretos del después, de las experiencias que compartirían en el estrecho tiempo que les restaba para conocerse e incrementar ese almacén mental que guarda lo más preciado de la experiencia humana: El Recuerdo.
Raúl dejaría aquella ciudad, triste y desconsolado, pero con una visión distinta. El matiz de la soledad había sido transformado. Su crueldad irremisible había sido substituida por la melancolía. El desasosiego acallado, la sonrisa en los labios y los ojos enturbiados por lágrimas amargas, pero también dulces.
El tiempo pasó y aunque cada uno hizo su vida, Raúl revivió infinidad de veces su experiencia en aquella gran ciudad. En el silencio de su cuarto o en la penumbra de un parque, retomó una y otra vez el recuerdo de todo lo que le aportó su breve pero intensa estancia en aquella ciudad. Comprendió que no habría ciudades suficientes para huir de sí mismo. Las respuestas se hallaban en él. Revivió sus momentos con Juan y los saboreó al máximo. Añoraría su cuerpo, pero sobretodo sus palabras. Sabía que en el fondo las palabras eran lo más importante que podían entregarse. Grandes e inolvidables palabras que echaría de menos.
Por eso quizás esta historia se escribe para que en algún lugar del tiempo que transcurre hacia nuestro inescrutable final, las huellas de nuestras propias historias queden fijadas en el telón invisible del alma. Que nuestras risas se escuchen en los teatros más grandes y el viento que azota el mundo sea el bramido de nuestras emociones. Perpetuar nuestra existencia en los corazones de los otros es al final de nuestro camino, la meta anhelada.
Y el final siempre llega, porque nada dura eternamente y estamos condenados a resignarnos frente al tiempo.
A día de hoy no sabría que deciros sobre aquellas dos personas que se encontraron por casualidad y compartieron unos momentos que les pertenecieron sólo a ellos. Llega un momento que las historias toman sus propias riendas y se escriben a sí mismas, por que los protagonistas pueden llegar a ser tan reales como estas palabras y puede que algún día lleguen a encontrarse.
Todo lo que puedo deciros es que un día el teléfono sonó y quedaron para encontrarse en un café, bajo la sombra de una catedral. El final puede o no ser de vuestro agrado, puede que fuese mejor que no leyerais estas últimas palabras del relato, porque nunca puede llover a gusto de todos y porque renunciar a lo que queremos, sería atentar contra uno mismo. La muerte se encuentra al final de cada senda y en mis historias siempre existe ese componente. Ahora lector y amigo, mira si quieres a través de la última cerradura. En mis manos ya no está más que la llave de las palabras y es la que puedo otorgarte. En ti reside el poder de cambiar tu destino y de escribir tu propia historia para que nadie pueda arrebatártela y dejé huella en ese telón desapercibido entre los muros del teatro de la vida.
Cruzó las puertas de la sala a todo correr y encontró el quirófano. Dentro varios hombres y mujeres enfundados en batas verdes luchaban por salvarle la vida a aquel joven al que nunca pudo olvidar. Sin tan si quiera darse cuenta, traspasó las puertas de vaivén. El olor a sangre y antiséptico penetró en sus fosas nasales haciéndole más consciente de lo que se avecinaba. Aspiró el olor de la muerte.
El tiempo volvió a detenerse, como en el instante previo al accidente. Veía a través de la lámina de cristal como un médico untaba las dos palas con gel y las descargaba sobre el cuerpo en la mesa de operaciones. El latido del corazón que luchaba por sobrevivir, era como un gran Gong en los oídos del chico que observaba y que rezaba por no dejar de escuchar.
Observó su torso al descubierto y una maraña de cables. El cuerpo se arqueó al recibir la descarga para reavivar al corazón que se apagaba. El monitor que pitaba descontroladamente al final se convirtió en una línea infinita cruzando la pantalla. El ajetreo de los allí presentes se detuvo al instante y el chico observó como la vida de aquel al que un día pudo haber amado, se desvanecía entre susurros que llegaron a sus oídos. Quizás tan sólo pudo oírlos él, quizás tan sólo fue producto de su imaginación. El intento desesperado de retener aquello que más querernos y afianzarlo a nuestra propia percepción. Palabras que hablaban de vida y muerte, de sentimientos y momentos. Palabras silenciosas que volvieron tras los años de ausencia y que terminaban con un final abrupto. Pero en aquella última mirada, antes de que los ojos de Juan se cerrasen para siempre, sus pupilas brillaron con una intensidad desmedida que Raúl comprendió.
Y mucho tiempo después cuando Juan se hubo ido, los fantasmas del pasado abandonaron a Raúl. Porque aquella mirada moribunda en la sala de operaciones le desnudó el ama y al tiempo que un corazón se apagaba otro empezaba a latir.
27-08-10
27-08-10
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