¿Cuánto dura un recuerdo? ¿Cuán grande es la melancolía? ¿Cuánto un sentimiento? Los momentos de una vida pasan velozmente ante nosotros si echamos un vistazo a la corriente del tiempo ya descompuesto y resulta muy triste averiguar que muchas cosas no cambian con el transcurso de una vida y que el tic tac a su vez roba todo aquello que pasó en nuestra existencia.
“Por siempre, contigo”
Un amigo, un café compartido, aquella sensación, el caer de la tarde, la sonrisa espontánea y precisa, un abrazo, una palabra, un beso, un pacto.
Renunciar a algo es tan difícil que cuando ocurre no nos damos cuenta de lo que conlleva tal decisión, pero en eso consiste la vida, en decidir y seguir un camino sin prefijos, sin saber que te espera mañana y debiendo aprender del ayer para no tropezar. Pero esto es casi tan difícil como lo primero.
¡Cuan duro es llorar sin lágrimas sin que nadie sepa que lloras! ¡Qué vacío produce sentirse sólo en compañía! ¡Qué difícil es desprenderse de la infancia, de la inocencia, de la sonrisa sin malicia y de la vida porque sí!
Perder a alguien es una prueba de la vida que a mucha gente no le importa o si en algún momento le importó, fue tarde para decirlo. A otros, les marca y viven con un recuerdo que cambian, anhelando un absurdo condicional, queriendo modificar o incluso borrar hechos y palabras que arrastran consigo hasta perderse en el canal del tiempo, pero que de ningún modo cierran heridas.
La gente que pasa por nuestras vidas siempre deja huella. Algunos pasan casi sin rozar el corazón, borrándose su marca casi por el susurro del viento. Otros sin embargo abruman el alma y deciden quedarse por un tiempo en tu vida para llenarla de momentos especiales.
Cuando somos pequeños no damos importancia a esto. Se da por supuesto que él, ella o ellos van a estar siempre. Pero el siempre se termina, la gente se marcha y el recuerdo acaba por olvidarse.
Pero, ¿qué sucede cuando no se puede olvidar?
Buscó donde debía estar y no estaba. El anciano que durante todas las tardes de aquellos inviernos les había vendido amablemente los tazones de leche caliente ya no se hallaba allí. En el lugar se había instalado un bloque de edificios modernista que poco tenía que ver con el barrio. Miró inútilmente a lo largo de la calle en busca de una posible nueva ubicación del tenderete donde el señor mayor estaría esperándoles con los termos preparados con aquella leche que parecía caída del cielo. Lo cierto es que no era más que leche normal y corriente, pero cuando salían del instituto, corrían atravesando media ciudad para disfrutar de una buena taza.
El claxon de un coche hizo que saltase de los años setenta a la actualidad apartándose apresuradamente de la calzada. Todo había cambiado. El paso del tiempo no había sido en balde y sus vidas diferían mucho de las preocupaciones que en aquel tiempo tenían.
El frió era casi aterrador. La nieve había pintado las calles con su color favorito y se respiraba un ambiente navideño que distaba de ser alegre para él. La melancolía de haber vuelto había sido superior a la que se esperaba. Se abotonó el abrigo oscuro y se colocó bien la bufanda y sin pretenderlo la acarició contra su voluntad.
Él se había quedado con la gris. Susanna se encaprichó de la roja nada más verla y Lisa optó por la azul. Su madre había insistido en que se quedase con la roja, pero como a Susanna le hacía tanta ilusión, se la dejó. Aquel invierno hizo mucho frío y su abuela les tejió unas bufandas de lana, que agradecieron con unas sonrisas de oreja a oreja. Aquello fue suficiente satisfacción para la anciana. Lo cierto es que no se atrevió a entregar la cuarta bufanda a su amigo. Nunca llego a hacerlo.
Caminó con un cúmulo de sensaciones acuchillándole el estómago. La tarde, se había transformado en noche tras un crepúsculo efímero y la oscuridad había dado paso a las lucecitas navideñas que le trajeron recuerdos de su juventud. Sorprendido por ellos y por como le afectaba habiendo pasado diez años desde la última vez, el brillo de sus ojos delató su añoranza y a pesar de que no podía quejarse de su vida y de cómo había querido emplearla, volver le hizo sentirse tan inseguro, que los cimientos en los que se apoyaba, parecieron tambalearse.
Pensó en aquelloss diez años y en la huída y no tan sólo la suya, si no la de los tres. Lo que le sucedió a él lo había cambiado todo y sin tiempo para asimilarlo tuvieron que madurar de manera precoz. Abrumado por todo en una agonizante batalla con un pasado que se dio cuenta no había superado, se hizo aquella pregunta.
La pregunta.
¿Por qué?
Cerró los ojos tras el azote del viento helado en la cara y una lágrima, rodando por su mejilla, saltó a la melodía susurrante de la ráfaga que se llevó consigo, perdiéndose en medio del tumulto de sombras de aquella ciudad, que volvía a presentársele tan vacía, tan silenciosa, tan gris…
Aquella mañana de Noviembre se levantó con una sensación extraña. Había estado entre papeleos, acuerdos, negocios y discusiones desde primera hora y Jasmine casi no se atrevió a llamar a la puerta para llevarla el café matutino.
Al entrar en el despacho se la encontró colgada del teléfono y revisando informes estadísticos de producción. Se detuvo frente a la mesa mientras escuchaba malhumoradas palabras de su jefa de las que tan raramente había sido testigo. Ella le hizo señas de que dejase el café. Jasmine se dispuso a irse sin mediar palabra cuando oyó sentenciar:
- Jasmine espera. ¡Marcus que no hay trato! El beneficio en los últimos dos años por parte de tus empresas ha disminuido…
Esperó sin moverse. La señorita Susanna no solía tener días malos, aunque desde un tiempo a esta parte había algo que la preocupaba y alteraba su carácter. Recordó en su espera que habían pasado tardes hablando de sus cosas e incluso le había preguntado por su vida personal, pero ahora estaba casi intratable. Estaba claro que algo no iba bien. Pero al fin y al cabo era buena jefa y no se podía quejar.
- ¡Olvídalo! ¡Que no pienso… - silencio - ¡Pues como quieras pero no voy a concederte más tiempo! ¡O lo solucionas o no habrá más obras de las que encargarte! – Exclamó con irritación y con ello colgó el teléfono.
El silenció perturbó a Jasmine mientras Susanna se masajeaba las sienes con los delicados dedos de ambas manos.
- A ver, dime que tenemos para hoy.
La obediente secretaria extrajo su minúscula libreta del bolsillo. La abrió y empezó.
- A las 11:30 ha quedado con el señor García para aclarar los asuntos de la reconversión de la planta 6 de infraestructuras de vidrio. A las 13:15 tiene la rueda de prensa sobre su contribución económica al parque botánico…
- Sigue - dijo mientras tecleaba en el ordenador portátil.
- A las 17:20 se presentará el presidente de la empresa de ordenadores “Digital Forever” para ofrecernos sus nuevas tecnologías.
- Sí, y de paso pedirme una nueva subvención para lo que el define como “el camino hacia el progreso” - dijo con sarcasmo y asco -. Anúlalo y di que estoy ocupada.
Jasmine se quedó en silencio observando con preocupación a su jefa, perdiendo el miedo por un momento y atreviéndose a decir:
- Debería descansar señorita Susanna. Trabaja usted demasiado.
- Si no lo hago yo Jasmine, nadie lo hará por mí y tengo que sacar esta empresa adelante - se levantó y miró por la cristalera que ofrecía una completa panorámica de la parte sur de la ciudad. Cruzó los brazos a la espalda y suspiró.
La secretaria, que consideraba a su jefa como amiga, o al menos lo había hecho durante un tiempo, cogió la taza humeante de café y se acercó a ella.
- ¿Cómo a mi me gusta? – Preguntó Susanna con la mirada perdida en el horizonte urbano.
- Sí, doble y con poco azúcar.
Susanna sonrió levemente pero con tristeza. Cogió la taza con la seguridad que la caracterizaba y le dio un sorbo. Jasmine observó que sus ojos estaban oscuros, sin brillo. Vio que su jefa bajaba la guardia en un momento de silencio abrumador, fuera del estrés continuo de su vida con poca dedicación para ella misma. Le puso una mano sobre su hombro ofreciéndola oídos y tiempo para escuchar. Ella la miró y lo entendió.
- No es mi mejor momento. Sólo eso Jasmine. El trabajo, ya sabes. No te preocupes.
- Susanna…
Suspiró ante la incredulidad de Jasmine y le dio otro sorbo al café mientras tocaba de manera inconsciente la bufanda roja que la rodeaba el cuello.
- ¿Qué día es hoy? – Preguntó.
- Hoy es 4 de Noviembre.
Hubo un pequeño silencio que resquebrajó de alguna manera el ambiente bullicioso tras la puerta que daba a los otros despachos.
- ¡4 de Noviembre! – repitió Susanna casi en un susurro.
- Sí. Ha llamado un antiguo amigo suyo.
- ¿Quién? – Preguntó ahora con un ansioso e insólito interés.
Miró en su cuaderno y buscó.
- No ha dicho quien era. Sólo un viejo amigo. Me dijo que la dijese
que ya había pasado demasiado tiempo.
Susanna sorprendida por aquello tan inesperado lo comprendió.
- ¡Diez años!
- ¡Qué? – Preguntó Jasmine sin entender.
- Diez años - repitió dirigiéndose al escritorio. Sacó una agenda
personal de un cajón y buscó por la letra C. La C de Chris. Al instante marcó un número.
- Jasmine, necesito coger un avión esta misma tarde.
La secretaria se quedó atónita ante las palabras de su jefa y más aún cuando alguien contestó al otro lado del teléfono, pues descubrió que Susanna había empezado a llorar…
Se sentó frente al tocador, proyectándose su reflejo en el espejo. Se miró un momento con falsa euforia. Arriba, en el escenario, sonaba todavía la melodía del final del espectáculo. El murmullo de la gente al salir aún se oía a pesar de estar en el cuarto de maquillaje.
El estreno de la obra había sido todo un éxito. Se había llenado la sala por completo y la habían aclamado al terminar durante casi diez minutos. Las rosas, claveles y margaritas cubrieron el suelo del escenario del gran anfiteatro hasta formar una alfombra multicolor de flores. Los vítores, silbidos y alabanzas no cesaron. Sus compañeros actores la aplaudieron y felicitaron por su excelente actuación en el papel de protagonista. Josué la había mirado mientras ella hacía reverencias al público, enamorado en secreto, aunque ella siempre lo había sabido.
Ahora se hallaba sola en la habitación, iluminada por las bombillas que rodeaban los espejos para facilitar la laboriosa tarea del disfraz. El maquillaje que ocultaba la tristeza de su alma y la subía al escenario de la irrealidad, evadiéndose de la verdad oculta.
Sabía que sus compañeros no tardarían en entrar con las botellas de champán descorchadas, como siempre hacían. Se sumiría a la fiesta de los brindis, los ramos de flores y canciones. Luego saldrían a celebrarlo por ahí y los que más aguantasen acabarían en la Taberna de Sam, donde éste les cobraría las bebidas a mitad de precio por su fidelidad durante años. Luego Josué la acompañaría a casa entre risas, abrumados ambos por el efecto del alcohol y en la puerta de su casa, él le diría lo guapa que estaba y en el momento preciso en el que sus miradas se cruzasen y el beso, tan deseado por ambos, no se diese lugar, él se despediría perdiendo otra oportunidad y ella entraría en su piso con el corazón encogido, para amanecer despierta en el sofá con aquella sensación de vacío, ya que al terminar el trabajo, que siempre la mantenía atareada, los recuerdos de un pasado abrasador volvían a su encuentro como fantasmas del pasado.
No quería que aquella noche fuese igual. No quería copas alzadas, ni felicitaciones. No quería flores ni bailes. No quería ver a nadie, pero era inevitable. Decidió disfrutar de aquellos escasos minutos en soledad, de su triste soledad, mientras se desmaquillaba con destreza. Pensó en las múltiples obras que había hecho con la compañía de actores y lo bien que les había ido. Pensó en sus compañeros a quienes tanto quería. Se sorprendió en sus pensamientos, teniendo la extraña sensación de que no habría más obras por estrenar.
Suspiró y sintió la tristeza en su corazón. Ella era actriz. Había sido actriz durante siete años para un público agradecido. Ahora se sentía como espectadora de sí misma en el papel de un personaje irreal, fuera de contexto, que nunca se quitaba la máscara, pues la máscara era su vida y la sonrisa y las palabras su mejor arma. Así cubría el vacío interior, luchando contra ella, juzgándose por el pasado que la había acompañado, inseparable, lamentándose por la ruptura de aquel juramento, hasta el hoy.
El sonido del teléfono móvil la hizo volver de la profundidad de sus pensamientos. Se levantó y abrió el bolso de tela roída que tanto le gustaba llevar. Comprobó sus sospechas de que tenía un mensaje de texto:
“Ha pasado demasiado tiempo”
Al leerlo se quedó inmóvil, paralizada. En un momento la palidez le confirió el aspecto de un fantasma y el bello de los brazos se le erizó.
Hacía mucho tiempo que no recibía noticias de su amigo de la infancia. Creyó haber perdido su número de teléfono tras el último contacto hacía dos años, por medio de una carta que le había enviado desde Ciudad del Cabo.
Se sintió mareada. Levantó la cabeza y respiró profundamente. Chris tenía razón. El tiempo se había llevado diez años de sus vidas, pero era momento de volver. De reencontrarse. Quizás hacía diez años que era el momento.
Miró a su alrededor y observó con melancolía todo lo que la rodeaba. Más allá de los botes de maquillaje y pinturas. Más allá de las flores y felicitaciones, de los actores y el mundo del teatro que tanto la fascinaba, pensó en su vida. Sintió que no sería feliz mientras el pasado la persiguiera, resistiéndose a perderse en el olvido.
Se puso el abrigo y con ternura se colocó la bufanda azul que la había acompañado durante la última década. Se sentó frente al tocador y en una nota escribió:
Lisa
Cuando Josué bajase a los camerinos con una botella de champán abierta y dos copas de cristal, con una sonrisa en los labios, deseoso de compartir aquel instante de triunfo con la mujer que amaba, su vida cambiaría para siempre. Sus compañeros actores bajarían más tarde, proporcionándoles aquel momento de intimidad. Sin embargo, sus rostros adquirirían una expresión difícil de catalogar, a caballo entre la incomprensión y la tristeza. Josué se encontraría la habitación vacía y al leer la nota, sentiría como algo le rasgaba el corazón, pues sabría que Lisa no volvería…
Bajó del taxi y observó a su alrededor. Parecía que nada hubiese cambiado en todo aquel tiempo. Respiró y por sus fosas nasales entró el aire gélido de un adelantado invierno. Pagó al conductor y este desapareció en el paisaje blanco.
La nieve lo cubría todo. Los tejados blancos conferían a las casas un aspecto fantasmagórico. El pueblo parecía estar desierto a excepción de las chimeneas que humeaban incesantes. Sintió un escalofrío y el tiempo se detuvo un instante recordando sus años felices en el pueblo hasta que se marcharon a la ciudad. Lo dejaron todo. Cierto era que el instituto más cercano estaba en la ciudad, pero dejar el pueblo les separaría de su amigo cuando fue atacado por la enfermedad y jamás volverían a verle. ¡Cuántos recuerdos abarrotaban su mente! Se sintió triste y alegre de estar allí. La melancolía recorrió su cuerpo teniendo la sensación de que caía en un pozo sin fondo.
Recordó las tardes de verano en el parque donde los cuatro se reunían para jugar a la salida del colegio. Susanna se enfadaba porque Eric y él, siempre iban tras ella, pues era la más rápida. Eric.
Y de nuevo la pregunta. ¿Por qué?
Había dedicado su vida a los demás. Viajando a zonas del mundo. Socorriendo a los necesitados. Desde Somalia a la India y de Sri Lanka a Sudán. Había visto de todo. Había contemplado la muerte de mucha gente por falta de medios en aquellos países subdesarrollados y la organización no podía dar más de sí. Era un trabajo muy duro. A menudo los niños, desnutridos llegaban a él medio muertos. Los integrantes de la organización los recogían de los lugares más inhóspitos con los Jeeps. Muchos no tenían casa, otros habían perdido a sus familiares en conflictos bélicos y otros se dedicaban a la compraventa de armas.
Habían tenido que quedarse de brazos cruzados mientras muchos morían por infecciones que simples antibióticos hubieran podido salvar sus vidas. Otros tantos morían de hambre y los que sobrevivían quedaban con secuelas de por vida, sin un porvenir definido, sin aspiraciones ni sueños, aferrándose al clavo ardiente de seguir con vida.
Por otro lado, su contribución y la de muchos otros, salvó a mucha gente de morir en guerras. La espera de los camiones que llegaban con alimentos y medicamentos, a veces era tan larga, que se volvía agonizante, pero su acción contribuía a la supervivencia de niños al borde de la muerte y curar a alguien ya era todo un logro. El sacrificio siempre valía la pena.
Ahora, allí en el pueblo se dio cuenta de lo que había hecho. Huyó de todo entrando en la organización. Sabía que se lo llevarían lejos, a otros países donde las desgracias, la pobreza y la hambruna le mantendrían ocupado, intentando paliar el daño que el mundo ocasionaba. Pero lo que verdaderamente quería era olvidar.
Se sintió egoísta por haber querido deshacerse del recuerdo. Por intentar borrar la ausencia de su compañero y amigo en las clases del último año. Por querer borrar las agonizantes tardes en su casa que ya no serían alegres y repletas de diversión para los cuatro. Por no poder soportar la pérdida de uno se enfrentó a la pérdida de miles. Y la culpa siguió acompañándole.
Suspiró. Se apretó el abrigo largo y oscuro para evitar que el frío le entumeciera el cuerpo y caminó lentamente, sintiendo el dulce y amargo pinchazo de la infancia que resurgía a cada paso con un recuerdo distinto. Habían pasado diez años y nada había cambiado. Nada.
Al llegar a la puerta se detuvo. Miró hacia atrás, colina abajo y sólo vio signos de presencia humana en sus propias huellas marcadas en la nieve. El pueblo, en la llanura, seguía dormido.
Tenía miedo. Miedo de no poder soportarlo. Pensó que quizás era mejor dar media vuelta y dejarlo tal y como estaba.
¡No!
La agonía sería peor. Una segunda vez no tenía cabida. La cobardía había durado mucho tiempo y era hora de plantarle cara al pasado.
Empujó la verja y creyó que las lápidas dirigían sus miradas hacia él, acusándole. El cementerio era enorme y reinaba un ambiente sombrío a pesar de la luz del sol invernal que se filtraba entre las grisáceas nubes. Caminó largo rato, deteniéndose en algunas lápidas para ver los nombres. En algunos casos se sorprendía, pues desconocía la muerte de algunos vecinos del pueblo. En otras se compadecía y en otras se mantenía indiferente. La muerte siempre le había acompañado.
Deseó poder volver atrás en el tiempo y cambiar el destino. Las cosas habrían sido diferentes. Repararía el daño, el error cometido que le atormentaría durante mucho tiempo después. Pero aquello era imposible. Eric estaba muerto y ahora él regresaba para suplicar perdón.
Encontró la tumba diez minutos después. Lentamente, como intentando no despertar a los muertos, se acercó. Se situó delante de la lápida y leyó:
“Aquí yace Eric Sunders.
Vivo por siempre en nuestros corazones”
Ver el nombre de su amigo le produjo mareo. Sintió como un río de emociones se precipitaba contra él y no podía respirar. El momento temido de enfrentarse al pasado había llegado y creyó no estar preparado.
Y no lo estaba.
Se quedó inmóvil, con la vista fija en la lápida y el susurro del viento en el oído como prueba de que aquello no era una pesadilla. Los ojos se le inundaron de lágrimas pero ninguna se atrevió a perturbar la nieve virgen que vestía el camposanto. Luego se acercó a la lápida. Se agachó y rozó las letras de su amigo perdido.
- Es duro, ¿verdad?
Chris se dio la vuelta tras oír aquella voz y observó la figura que aguardaba detrás. El corazón le palpitó con fuerza al darse cuenta en seguida de quien era. Se acercó lentamente a la mujer como si hubiese visto a un fantasma. Creyó que se desmayaría.
¡Que bella era! El tiempo había transformado a aquella adolescente en una mujer esbelta. Sus facciones marcadas la conferían un aire misterioso y sus ojos verdosos eran tan hipnotizantes como hacía diez años, pero había perdido aquella mirada electrizante que le dejaba sin aliento.
Se miraron a los ojos. La tristeza y la agonía de los años parecían atenuarse en aquel instante de reencuentro. De soledad ansiada y al fin compartida. De palabras no dichas y de lágrimas no lloradas.
- Demasiado duro – consiguió decir al fin.
La mujer le miró con dulzura, dolor y emoción.
- Recibí tu carta desde Ciudad del Cabo y…
- ¡Cúanto tiempo ha pasado, Lisa! – la interrumpió
- Diez años. – suspiró - Contando cada día desde entonces. Sin
dejar de pensar en él. No importa donde hayamos ido. Que estuviésemos separados por continentes o por el tiempo. Él seguía aquí- dijo tocándole, con la palma de la mano abierta sobre el pecho.
Las lágrimas hicieron brillar sus ojos. Chris la acarició el pelo y ella
siguió con la cabeza su mano, cerrando los ojos. Había necesitado tanto las caricias de su amigo durante la soledad de todos aquellos años que ya ni si quiera recordaba la tranquilidad y protección que le transmitía.
- Te he echado de menos, Chris – susurró.
Él la abrazó con fuerza y ambos empezaron a gemir, desplazando la barrera del tiempo hasta el rincón del olvido y mezclándose con la abrumadora sensación de los recuerdos que tanto habían deseado compartir. Sin palabras, tan sólo el sonido de sus lágrimas diciéndose cuanto se habían necesitado y lo duro que había sido estar separados.
Lisa alzó la vista y observó la lápida de Eric, muerto y enterrado. Observó cada una de las letras que conformaban el nombre de su amigo y sintió como revivía el último año que pasaron juntos. Tantas tardes compartidas, tantas tristezas y alegrías. Toda una adolescencia y un mundo conformado por cuatro personas. El amor de unos amigos que juraron no separarse nunca una tarde de tormenta, bajo la tenue luz de una bombilla. La inocencia de la juventud y la sonrisa pura. Las palabras más sencillas, más sinceras. Luego todo desapareció cuando ya estaban en el instituto. La silla de Eric empezó a quedar vacía y su ausencia se prolongó con el tiempo y a pesar de estar en clases y materias diferentes sabían cuando uno no estaba. Hasta que él dejó de ir. Hasta que le dejaron de ver.
Cuando iban a su casa, el dolor era tan palpable que pensaban que no podrían soportar otra visita. Él estaba en la cama, débil, pálido y atormentado por el tratamiento, pero era feliz cuando ellos iban a verle y le privaron de la única fuente de vida, de la fuerza para seguir luchando.
Sintió que se quedaba sin fuerzas y las piernas le fallaban. Le rogó a Chris que no la soltara. Y él la sujeto. Durante largo rato.
El chofer aparcó frente a la casa. Susanna le dijo que no la esperase. No sabía el tiempo que tardaría. El lujoso vehículo negro de la empresa desapareció en el paisaje blanco. Respiró profundamente y subió en silencio los escalones de madera que crujieron a su paso. Todo parecía haberse conservado en aquellos diez años. Creyó estar viviendo un sueño, un castigo de obligado cumplimiento, reviviendo momentos de antaño. Nunca les confesó a sus amigos que había vuelto tiempo después al pueblo. Se había quedado en el portal de la casa, como lo estaba haciendo ahora, sin atreverse a llamar, sabiendo que él estaba dentro, triste, muriéndose.
Esta vez iba a ser diferente.
Se acercó a la puerta. Sintió miedo. No sabía porque. Quizás por estar simplemente allí, por ver aquella casa que había albergado tanta alegría y también tanta tristeza, de la que ella se sentía en parte responsable. Llamó con puño firme. Respiró profundamente y miró atrás, observando aquel pueblo olvidado de la mano de Dios, paralizado, sin vida. Una sensación de vacío le recorrió el cuerpo entero al pensar que allí había pasado los mejores años de su vida junto a los que más quería.
La puerta se entreabrió y una mujer decrepita apareció en la entrada. Susanna se sorprendió al verla. A diferencia del pueblo, que parecía estar igual que cuando lo dejó, la madre de Eric aparentaba haber envejecido treinta años. Al darse cuenta del motivo, sintió como el corazón se le ahogaba de pena.
Las facciones de la mujer se tensaron por un momento. Un brillo en sus pequeños ojos apareció de repente, y una sensación extraña la recorrió el cuerpo. Algo que había olvidado.
- Señora Gregoria….
La mujer se quedó sin decir nada, provocando un duro silencio. Luego su cara se relajó. Se llevó una mano arrugada a la boca, haciendo verdaderos esfuerzos por contener las lágrimas.
- ¡Susy! – Exclamó echándose a sus brazos.
Susanna pensó en el tiempo que hacía que nadie la llamaba así. Estuvieron un rato abrazadas en el portal, sin decir nada, emocionadas, intentando olvidar los errores cometidos tanto por una como por la otra.
- ¡Qué agradable sorpresa! – Exclamó separándose para mirarla – Ha pasado mucho tiempo…- dijo ahora con tristeza. – ¡Pero que tonta soy! ¡Adelante, pasa!
Dudó un momento, mirando hacia el pasillo que se cernía frente a ella. Luego, cruzó el umbral.
Y el tiempo se detuvo. Se detuvo para retroceder…
“Era una tarde de lluvia. Miraban por la ventana, observando la hipnotizadora cortina de agua que cubría todo el pueblo. La tormenta llegó sin previo aviso y habían tenido que ir a refugiarse a la casa más cercana de los cuatro. La de Eric.
La bombilla estaba empezando a fallar. Se alejaron de la ventana y se sumieron en la penumbra. A pesar de que las tardes de lluvia no les gustaban, pues les privaban de los juegos en el parque, aquella no tenía nada de triste. Sentados en el suelo, formando un círculo, reían y jugaban a adivinar palabras y a contar historias de miedo. Lo cierto es que en las tardes de lluvia seguían aquel ritual, engañando al aburrimiento.
Cuando se terminó el divertimento y la monotonía hizo acopio, el silencio atacó desde los rincones más oscuros. Todos se habían quedado callados, a la espera de algo. Se sintieron extraños en un nerviosismo extraño. Un instante de confidencialidad silenciosa, de amistad profunda, que les unía más allá de lo que habrían pensado en un principio. De lo imaginable y lo posible. Un sentimiento compartido, en un momento detenido, fuera de los márgenes del tiempo que perduraría por siempre.
- Pase lo que pase, estaremos juntos.
La voz de Eric rasgó el silencio. Se miraron unos a otros sin comprender, asintiendo después extasiados por la profundidad de las palabras del joven.
- ¡Juradlo! ¡Pase lo que pase!
No hicieron falta palabras. Se cogieron de las manos conformando definitivamente un pacto. Irrompible.
Eric suspiró, salvaguardado por sus amigos, que no le dejarían, en el inicio del camino a su inevitable muerte, de la que nadie era conocedora todavía. Nadie excepto él.
El estruendo de la lluvia les sacó de aquella extraña ensoñación, devolviéndoles a la realidad. Era la primera tormenta del otoño.”
El recuerdo se desvaneció cuando la señora Gregoria apareció con una bandeja en la que llevaba dos tazas de café y un plato con galletas caseras. La dejó sobre la mesa y se sentó en la cama sin decir nada, rozando la manta preferida de su hijo perdido, que le acompañó hasta el último suspiro.
Susanna observaba detenidamente cada detalle, el cual le ofrecía un nuevo recuerdo. Había deseado estar con él en el progreso de la enfermedad, cogerle de la mano y hacerle saber que estaba allí. Pero ya era tarde para eso.
- Era tan joven…- dijo la señora Gregoria con tristeza y la mirada perdida.
Susanna la miró y observó con amargura cuán grande es el dolor de una madre.
- Está todo igual que cuando nos dejó. Su padre quiso conservar esta habitación. Creía que con ello estábamos más cerca de él.
- ¿Dónde está su marido? – Inquirió Susanna.
La mujer la miró detenidamente y Susanna creyó leer en su mente la pregunta de por qué aparecía después de tanto tiempo.
- Murió hace dos años. Era muy mayor. Es cierto, pero nunca aceptó
la muerte de Eric. Hasta que se vino abajo…
- Lo siento mucho, yo….
- ¿Por qué has vuelto ahora, Susy? – Preguntó temblorosa a bocajarro y con retazos de un rencor oxidado y olvidado.
Susanna se quedó en silencio aceptando aquella recriminación.
- Fue muy duro, ¿sabes? Todos los días preguntaba por vosotros. Cuando aún veníais a verle, era feliz. Parecía incluso que el dolor disminuía, pero luego, al desaparecer de su vida, se debilitó mucho. Las tardes eran un suplicio, llenas de lágrimas y desánimo. Eric era fuerte y es cierto que cuando le diagnosticaron la leucemia era tarde para frenarla, pero con vosotros era feliz ¡Vaya si lo era! Hubiese dado lo que fuera para que estuvieseis a su lado. Os llamaba a vuestras casas pero nunca estabais. Cuando los tres os fuisteis a la ciudad, en segundo curso de instituto, incluso perdí el contacto con vuestras madres. Nunca se lo dije a Eric. Os justificaba con los estudios o mentía diciendo que le llamabais. Parecía que eso le animaba un poco, pero enseguida volvía a estar triste, porque os necesitaba a su lado.- Las dos habían empezado a llorar inevitablemente -Yo nunca lloraba delante de él- siguió-, debía ser fuerte. Por él, por su padre y por mí misma, pero luego corría hasta el baño y me encerraba entre llantos. Yo….- la voz se le quebró.
- ¡Oh Gregoria! - Exclamó Susanna abrazándola entre lágrimas desgarradoras - ¡Lo siento tanto! ¡Ojalá pudiese volver atrás y enmendar nuestro error! - Se separó de ella para mirarla a la cara y para con mano delicada recoger sus lágrimas con un pañuelo viejo de seda en una muestra de ternura y dolor compartido.
Se quedaron en silencio. Sobraban las palabras en un instante de desahogo después de tantos años. Luego la anciana cogió su taza de café y le dio un sorbo.
- Cuéntame algo de tu vida, mi niña. – pidió algo más recompuesta.
En aquel momento llamaron al timbre. La señora Gregoria desapareció un instante, acudiendo a la puerta
Susanna miró a su alrededor. Los cuadros, las fotos, la figura de barro en forma de perro que había hecho en clase de plástica y que tan orgulloso exhibió ante sus amigos. Aquella habitación era la manifestación física de todos sus recuerdos. Se sintió abrumada, y mareada. Oyó voces al final del pasillo y creyó reconocerlas, pero…no era posible.
La viuda apareció con lágrimas en sus mejillas y tras ella, el pasado. El pretérito más dulce y amargo reencarnado en sus amigos de la infancia.
Sorprendidos, emocionados, reencontrados. Los tres amigos se abrazaron, fundiéndose en lágrimas, susurros y sonrisas. El embrujo de la casa les hizo retroceder en el tiempo hasta reencontrarse, redimiendo un silencio tan largo, el recuerdo de sus despedidas, la añoranza y el vació de la amistad perdida. El tiempo transcurrido. El contenido de tres vidas en diez años se deslizó en un sólo instante para al fin, desaparecer…
Tenían mucho que decirse y compartir. La señora Gregoria les ofreció quedarse a comer y se dispuso a preparar una exquisita comida, como la que saborearon tantas veces, mientras ellos, en el cuarto de Eric, hablaban de sus vidas, de sus miedos y de lo que se habían necesitado. Revivieron una adolescencia inolvidable. La mejor juventud, intentando eludir lo que sabían y el motivo por él que se hallaban allí.
En un determinado momento, las sonrisas se detuvieron como por obra de un hechizo, dando lugar a un silencio que les resultaba familiar.
- Rompimos el juramento – sentenció Chris, alzando la mirada
hacia sus amigas con añoranza y tristeza.
Los tres se miraron, sentados en círculo, descalzos, en el suelo, como aquel día. Chris se levantó, se acercó a su abrigo y regresó con una bufanda verde. La cuarta bufanda.
- Esto era para él. Nunca se la llegué a dar.
Susanna y Lisa miraron la bufanda y observaron que cada uno llevaba la suya puesta. Chris la gris, Susanna la roja y Lisa la azul. Sorprendidos ante tal hecho se dieron cuenta de que habían vuelto para ser perdonados.
- ¿Creéis que nos estará viendo? - Preguntó Lisa - ¿Sabrá que estamos aquí?
- Sin lugar a dudas - afirmó Susanna con determinación y seguridad firme pero melancolía.
Un silencio breve apareció de nuevo, roto posteriormente por la madre de su amigo.
- Él sabía que volveríais – dijo desde la puerta, mirándoles con aquellos ojo azules. Le brillaban con emoción contenida.
Los tres la observaban, sorprendidos ante sus palabras. Ella se acercó con paso lento. Se sentó en la mecedora y les dedicó la mayor de sus sonrisas. Sus facciones, endurecidas por la tristeza, y sentenciadas por el tiempo evocaron resquicios de su juventud, provocada por la alegría de ver a los amigos de su hijo perdido, allí, tanto tiempo después. Les miró uno a uno y creyó ver a los niños que una vez fueron y que en parte aun se resignaban a dejar de ser como meros recuerdos de la memoria del adulto. Suspiró entrecortadamente. Luego dirigió la mirada hacia sus manos, que sujetaban temblorosamente un sobre blanco cerrado.
- Eric os escribió una carta pocos días antes de morir. A penas tenía fuerzas para ello. Le dije que se la escribiría yo, copiando lo que él me dictase, pero no hubo forma de disuadirlo. Quería hacerlo él, de su puño y letra. Como si la vida le fuera en ello. Y realmente creo que así era. Aún recuerdo como movía el bolígrafo, con trazos largos y lentos. Su mano temblorosa, como si arrastrara una pesada carga. Quizás un peso que cada uno de vosotros ha tenido que soportar durante todos estos años. Lo veo en vuestros ojos. Pero lo cierto es que acertó. Dijo que volveríais. No sabía cuándo pero intuía que sería años después y que cuando ese día llegase, yo debía entregárosla. Pues bien, aquí estáis…- la voz se le perdió en el silencio llevándose una mano a la boca para contener un sollozo.
Tendió la carta a Lisa. Esta miró el sobre, sosteniéndolo como si de un preciado tesoro se tratara y debiera protegerlo a toda costa. El mayor de los tesoros. Luego dirigió una mirada a sus dos amigos. Sus ojos se encontraron, sorprendidos, tristes, enfadados con ellos mismos y nerviosos. Pero por encima de todo, se miraron como lo habían hecho cuando eran niños. Por un momento, los tres se dejaron embrujar por los recuerdos de aquel tiempo muerto y que hoy era rescatado, reavivando la llama de una amistad, que lejos de apagarse, su llama brillaba con todo su esplendor. Las risas, los juegos, las clases, sus vidas compartidas. Y en el centro de todo aquello, Eric. En busca de la paz y el perdón. En busca de una amistad que se fundió en el tiempo.
Él les escribió una carta. Supo que algún día volverían y quiso dejarles un mensaje. Quiso hacerles partícipes de sus últimos momentos. De sus últimos pensamientos y de su último aliento. A ellos iban dirigidas las palabras finales de su corta vida, arrastrada por un mal que no entendió, pero que aceptó sin reservar. Porque para Eric, y todos lo sabían, sus amigos lo eran todo. Se marchó tranquilo porque el mundo seguiría a salvo si ellos estaban en él.
Gregoria se levantó y abandonó la habitación en silencio, comprendiendo la intimidad de aquel momento en el cual, los amigos de su hijo volvían para redimirse a través de una carta que ni si quiera sabían que existía. Un mensaje inmortal que salvaría sus vidas, otorgándole al pasado el lugar que realmente le correspondía.
Transcurrieron los minutos en los cuales se miraron con la emoción y el espíritu que una vez les unió. Con la añoranza y la redención de un reencuentro que en diez años no había podido curar y ahora en cuestión de segundos cicatrizaba. El silencio mágico se rasgó cuando Lisa abrió el sobre y las palabras de Eric llenaron la estancia, rescatadas del tiempo, del olvido y el polvo que sepultaba los corazones atormentados de unos amigos que al final fueron perdonados.
7-1-04 / 8-8-10