La bomba explotó. Tal y como había augurado la llamada anónima. Tal y como la voz apocalíptica había resonado a través del auricular de un teléfono en la cuarta planta de un edificio de oficinas. Explotó a pesar de las medidas de seguridad, de la investigación exhaustiva de la policía, del seguimiento que se podía hacer en unas pocas horas hasta la hora señalada. Explotó a pesar de la ignorancia de muchos y al margen de muchos. Estalló porque la verdad de los que urdieron aquel mecanismo estaba por encima de cualquier coste. Y explotó porque inevitablemente el destino de muchos depende de las decisiones de unos pocos. Incluso de las decisiones que se dejan pasar.
La explosión fue una bola de fuego que apareció de la nada y se extendió por toda la calle. Las lenguas ardientes lamieron todo lo que encontraron a su paso y la onda expansiva sacudió ventanas, rompió cristaleras que llovieron desde todas partes e hizo saltar alarmas que recordaron por un momento los sonidos que llamaban a la multitud a refugiarse por la llegada de un tornado o el inicio de un bombardeo.
Pero el destino, o la inexistente coincidencia urdida por esas manos invisibles, o esas letras proféticas que se escriben en libros que se escapan al conocimiento humano, hicieron que la sombra oscura de la muerte se cerniese casi imperceptiblemente. El infierno rojo, la llegada de aquel terror en aquel atardecer aparentemente tranquilo se llevó consigo tan sólo a una víctima. Una tan sólo entre tantas posibles y potenciales. Una que quizás no había cometido error justificable. Una que se traspapeló en el despacho de la justicia, y murió por el hilo conductor y la espada plateada de verdugos equivocados.
Aquella mañana se despertó con una sensación rara. Cuando abrió los ojos, un frío extraño le recorrió el cuerpo y sintió un enorme pesar. Acarició las sábanas buscando el calor de Ana, pero ya no estaba allí. Una nota pegada en la nevera con un imán le explicaba su ausencia debido a una reunión de última hora en el trabajo.
Se levantó bostezando y restregándose los ojos, evitó mirar la mesilla de noche mientras se dirigía al cuarto de baño para eliminar bajo el agua caliente la pesadumbre que se apoderaba de él. Era un sentimiento que no podía definirse. Era una desazón extraña y sombría que no podía llegar a explicar.
La ducha le reconfortó un poco y mientras se secaba el pelo con una toalla se enfrentó a sí mismo sentándose en el borde de la cama y mirando el busca. Lo cogió como si fuera a romperse nada más rozarlo. La delicadeza del hecho residía en el significado del objeto, no en lo relevante que era el objeto en sí. Se pasó la mano por el lado izquierdo del pecho y le pidió a su corazón atrofiado que resistiera un poco más.
Aquel día no iba a hundirse. No lo permitiría. Con este pensamiento se vistió y salió a la calle. Los días que durante un tiempo le habían parecido tan grises y monótonos, ahora los veía como únicos e irrepetibles. Como si cada día fuera el último. Y en verdad así era. Porqué cuando uno se halla a las puertas de la muerte, la visión del mundo cambia tan radicalmente que la verdad de tu existencia se reduce a vivir para ver. Vivir para sentir, oler, saborear, llorar, reír. La vida es como una gota más que cae en un vaso lleno de agua, pero ahora esa gota puedes distinguirla de todas las demás. Y es perfecta. Maravillosa.
El camino que tantas y tantas veces había recorrido las últimas semanas se le antojaba distinto. Se detenía a observar a la gente a intentar comprender el porqué de sus acciones. ¿Quién sería la mujer que cruzaba la calle? ¿Quién el hombre del camión detenido en el semáforo? ¿Qué llegaría a hacer la chica que escribe en la mesa de la cafetería con aire soñador? Observaba la belleza en todas partes. Podía sentir esa magia. Una magia tan tangible pero tan ajena a él, que le dolía. La rabia le embargaba por completo. Él también merecía eso. Merecía poder ser feliz. Poder sentir la vida fluir por sus venas. La fuerza de estar vivo. De continuar vivo.
Pero todo eso se escapaba en cada latido. Esa verdad que se iba revelando en cada acción cotidiana que parecía descubrir se alejaba de él, como el regalo que recibes cuando estás a punto de cruzar al otro lado. Como la película de tu vida cuando abandonas tu cuerpo. Esas secuencias regaladas que desde una fase distinta se te otorgan para llevarte el recuerdo de lo que has sido. Sea cual sea tu historia.
Se subió al autobús urbano y se sentó al lado de una ventana a observar. Se abstrajo durante la mayor parte del trayecto recordando ese tipo de momentos que no son trascendentes pero que son imposibles de olvidar. El sol brillaba con fuerza y le hizo entrar en calor. Se relajó y sintió que la fuerza negra aflojaba la garra en su garganta. Se dejó invadir por un optimismo espontáneo y caduco apretando el busca con fuerza desde el bolsillo de su abrigo largo y negro. “Sonará, se dijo. Un día sonará. Y todavía estaré aquí para oírlo”
Once paradas más allá se apeó del bus y ascendió la avenida en cuyo final aguardaba el hospital general. El edificio se recortaba contra un cielo azul claro y unas nubes algodonosas impropias de un día de Noviembre. Una ráfaga de aire se filtró desde algún lugar y la corriente arrastró con ella algunas hojas secas que danzaron en una melodía ininteligible. Se detuvo un instante al percibir un olor extraño en el aire. El olor de algo marchito. Un olor intenso a flores muertas. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Después, con el corazón extrañamente encogido llegó hasta el hospital y cruzó sus puertas para enfrentarse un día más a otro reconocimiento médico de su órgano imperfecto.
Se detuvo en la recepción y preguntó por su cardiólogo. La mujer de detrás del mostrador le sonrió un instante antes de descolgar el teléfono. Era una sonrisa cercana y tan lejana a la vez. La típica que encubre la pena que sienten por esa persona desafortunada, que saben, tiene los días contados.
Se sentó en uno de esos asientos de las salas de espera que parecen hacerse más pequeñas a cada minuto que pasa. Salas impersonales y blancas. Tan blancas. Tan sencillas. Horas muertas de personas que filtran ese tiempo inacabable con recuerdos de momentos y lugares mejores. De secuencias lejanas a ese instante, a la situación que les ha conducido a acabar en ese lugar tan inhóspito y frío. Silencio. Susurros. Siempre es lo mismo.
David se desplaza en el tiempo. Al momento preciso en que todo empezó. A aquel día caluroso de Mayo dos años atrás en que haría su última carrera y su corazón fallaría. Se desplomó como un pájaro abatido y la oscuridad le sobrevino. Una oscuridad de latidos lentos y desacompasados. Sólo recordaba que le costaba respirar mientras avanzaba por la pista de atletismo mientras el público gritaba y vitoreaba desde las gradas. Luego las piernas le empezaron a pesar de tal forma que no pudo más y después un dolor insoportable que le ascendía por el brazo izquierdo y le nublaba el sentido. Dos días más tarde se despertó en el hospital con la sensación de una de las peores resacas que había tenido. Desnudo por completo, tumbado en una cama de hospital y con el pecho vendado. Dolor e incomprensión. Y luego más dolor.
Ana estaba allí. Parecía no haber dormido en una semana. Se acercó a él y le acarició la mejilla izquierda con mano temblorosa, pero infundiéndole aquella seguridad que tanto le había gustado la noche en que la conoció en la fiesta del amigo de un amigo. Aquella mirada en el hospital, la misma que les llevaría a vivir juntos y a vivir una vida si no plena, medianamente plena, le hizo saber que algo iba mal. No sabría decir por qué. Era una de aquellas sensaciones que hacen saltar una chispa en tu interior y de repente lo entiendes todo.
Le dijo que no hablara, que a pesar de lo que decían sus ojos llorosos, todo iba bien. Y él no la creyó. Pero decidió no insistir por encima del terror que sentía, porque la amaba. Y se dio cuenta en ese instante. Que la amaba por encima de todo y no quería verla sufrir. Quería pasar el resto de sus días con ella. Y si lo que le había llevado a estar postrado en aquella cama era algo irreversible, no importaría. Cuando recuperara fuerzas le pediría que se casara con ella y los años, meses o días que le quedaran serían los más felices de su corta vida.
Pero diez minutos después el doctor llegó y las noticias que portaba eran tan desalentadoras que todos aquellos planes de futuro se desvanecieron tan deprisa como habían llegado.
Les habló con sinceridad y pesadumbre en la voz. Otra mirada de desaliento. De situaciones parecidas y de palabras de alternativas tantas y tantas veces repetidas a lo largo de su carrera. De silencio y de miradas furtivas, expectantes a la reacción de los pacientes. Les habló de infarto, de desgaste cardiaco y de válvulas obstruidas. De trasplantes y de listas interminables en las cuales su nombre era el último. Habló de esperanza de vida, de cambio de vida, de pruebas de esfuerzo, de controles diarios y reconocimientos exhaustivos. Les habló de posibilidades utópicas y probabilidades demasiado reales. Y mientras hablaba y hablaba con mirada desvaída y ojos vacíos, David dejó de escuchar, porque entendió que no había nada que entender y las palabras eran sólo consuelos ilusorios de una muerte segura.
Recuperó parte de su vida. Salió del hospital y se dio cuenta de que ahora miraría todo a través de un caleidoscopio de formas y colores vivos. Pero como toda lente o espejo, no refleja la realidad y aquella que veía era la que no podía tener. La que había perdido y jamás recuperaría. Poco a poco fue adaptándose a esa soledad en la que uno se sumerge cuando no quiere nada. Cuando no espera nada. Dejó su carrera profesional y se sumió en una depresión profunda. No demasiado tangible. Tan sólo visible para sí mismo cuando podía dejarse llevar por la tristeza o la apatía. Ana lo veía agonizar cada día, tirado en el sofá o durmiendo desde que anochecía hasta que el sol volvía a ponerse. Su relación fue deteriorándose y todas sus esperanzas, las esperanzas de recuperarse, de volver a ser quienes habían sido un día y ya no recordaban, recaían sobre ese busca que un día debía sonar anunciando una salida. Un trasplante.
Más tarde, cuando asumió que aquello jamás sucedería, empezó a recuperarse, porque cuando uno no tiene nada que perder, hace lo que nunca haría o que pospone, porque piensa que el tiempo es ilimitado y la vida también. Y siempre queda el mañana. Viajó a Egipto, a la India, rezó en el muro de las Lamentaciones y se tumbó en los campos de Marte bajo la atenta mirada de la torre Eiffel. Hizo submarinismo contra todo pronóstico y recorrió los pasillos interminables del museo de historia natural de Nueva York. Se dejó salpicar por las aguas de las cataratas Victoria y lidió contra las autoridades chinas por beberse un Martini junto a la Gran Muralla.
Su búsqueda de respuestas no llegó en todos aquellos viajes, pero cuando regresó a la ciudad que le vio nacer, entendió que su vida seguía siendo un viaje. Un viaje que terminaría solamente con lápida y epitafio.
Asumió sus responsabilidades para con la vida, para con Ana y para con él mismo. Y aquella mañana se levantó con una ferviente sensación. Con la sensación de que aquel aparatito, que había sido la razón de su existencia durante casi un año, al fin sonaría. Por eso lo seguía apretando en el bolsillo mientras esperaba a su cardiólogo en aquella sala de espera fría y blanca de susurros y silencios.
El doctor apareció con una sombría sonrisa y la misma mirada que la recepcionista. Sus noticias reafirmaban la sensación que le transmitió su semblante. El estado de su corazón había empeorado en las últimas semanas y se debatía en una lucha constante por seguir latiendo. David escuchaba sus palabras en la lejanía. Se preguntó por qué motivo estaba allí, en aquella consulta con aquel hombre que desde la primera visita le decía con absurdos eufemismos que iba a morir. ¿Por qué debía seguir acudiendo a la cita semanal, sabiendo que la única salida residía en que sonara el busca?
Mientras el cardiólogo seguía hablando de la conducta anárquica de su órgano y sus consecuencias, se evadió de aquella consulta y de las palabras monocordes de aquel hombre que ahora se le antojaba tan desconocido y ajeno. Sentía que estaba perdiendo el tiempo. Un tiempo que ahora era tan preciado que cada segundo contaba. Cada rayo de sol filtrándose por la ventana, cada hoja seca caída desde los árboles frente al hospital con movimientos lentos e hipnotizadores. Cada sonrisa desperdiciada, cada mota de polvo suspendida en el aire. Cada caluroso saludo, cada encuentro, cada silencio y palabra. Comprendió que no valía la pena luchar contra aquel aciago destino que le había tocado vivir, por que en realidad se dio cuenta de que si acudía al médico todas las semanas y seguía un control riguroso de dieta y ejercicio, no era por él. Era por Ana, por sus padres, por sus amigos. Por todos aquellos que formaban parte de su vida. Pero ¿y él? ¿Qué pasaba con él? ¿Debía tener en cuenta la pena de sus seres queridos cuando él ya no estuviese allí? ¿Debía seguir sometiéndose a reconocimientos y pruebas de esfuerzo por ellos? ¿Debía soportar los silencios incómodos en las reuniones familiares cuando se hablaba de su afección? Su corazón se moría, sí. Y él con él. ¿No podía acaso morir en paz? ¿Tenía que cargar con todos incluso a las puertas de la muerte? Decidió que no.
Se levantó de la silla, miró directamente a los ojos de su médico y se despidió. El cardiólogo, que se había quedado en medio de su enésima explicación del funcionamiento anómalo del ventrículo izquierdo, guardó silencio. David le dijo adiós. Un adiós para siempre. No volvería a las revisiones. No volvería a las consultas y en definitiva al consuelo absurdo de todos para sobreponerse a algo irreversible. De hecho no volvería al hospital. Al menos no vivo.
Salió de nuevo a la calle y por primera vez respiró. Lo hizo como hacía tiempo que no hacía. Respiró como si aquella carga que pesaba sobre sus espaldas por fin se hubiera desvanecido. Su enfermedad, sus obligaciones, sus sentimientos contrapuestos, los comportamientos de los demás. Todo quedaba reducido a nada. Por fin se sentía libre. Libre para morir. Y cuando creía que no podía aprender nada más, había descubierto que toda persona albergaba en su interior un cofre. Un cofre cerrado con cientos de llaves y candados, que sólo se abre cuando uno esta a punto de morir. Y entonces recuerda, revive y experimenta el sentimiento de verdad, de sencillez y paz. Una paz tan abrumadora que podría confundirse con la muerte. Y ahora, ahora que él había vivido, ahora que había viajado hasta los confines del mundo en busca de respuestas y había satisfecho las exigencias de todos, se encontraba cara a cara con el peor de los temores. Y su temor no era más que su propio reflejo. El miedo a aceptarse, de redimirse y de saber quien era.
Sonrió y su sonrisa portaba retazos amargos. Porque uno vive y muere para saber que ha significado amar. Y el amor que sentía era tan grande y tan bello que las lágrimas aparecieron en sus ojos a borbotones y se desplomaron por las mejillas con estallidos cristalinos de satisfacción y triunfo. Ya podía morir.
En el número 14 de una calle cualquiera el edificio de una empresa de telefonía se erguía ostentoso, recortándose contra el atardecer de la ciudad. En la cuarta planta, en la sección de atención al cliente, una joven trabajaba atendiendo las llamadas de los clientes, solicitando servicios de comunicación, haciendo encuestas telefónicas y rellenando documentación.
Sonó el teléfono y descolgó. Una voz anónima resonó en el auricular y su cuerpo se estremeció al escuchar el mensaje claro y conciso. Por un momento, se quedó inmóvil, mientras el sonido intermitente de llamada finalizada se clavaba a fuego en sus oídos. Después llamó al supervisor y le comunicó lo que acababa de ocurrir. En seguida se formó un revuelo y la sección entera se transformó en un hervidero de gritos y terror. Todos los empleados empezaron a recoger sus pertenencias y a llamar a sus allegados para comunicarles la existencia de una amenaza de bomba. La policía local y nacional llegaron respectivamente minutos después para escuchar el contenido de la anónima llamada, ya que había quedado registrada en un contestador automático autónomo.
La chica que había recibido la llamada se levantó de la mesa y salió al pasillo. Se metió en el servicio de señoras y se miró durante unos segundos en el espejo. Luego se refrescó la cara con agua fría y sacó el teléfono móvil. Ana marcó el número con mano temblorosa mientras con la otra jugueteaba con el pasador de la chapa de su identificación. Este se desenganchó en el mismo instante en que el teléfono daba tono. Mientras le decía mentalmente al destinatario que cogiera el teléfono, se clavó profundamente el pasador en el dedo. La sangre empezó a brotar como una gota gruesa de líquido rojizo que se fue extendiendo por su mano hasta cubrirla entera y llegar a la muñeca. Observó su reflejo y el reflejo de la sangre en su mano. Se la llevó inconscientemente al pecho y su camisa se manchó a la altura del corazón. Entonces sintió como si una terrible garra le aprisionara el estómago. De pronto las lágrimas aparecieron en las órbitas de sus ojos mientras el teléfono pegado a su oreja seguía sonando.
Un terrible estruendo la devolvió a la lineal realidad. Una explosión no muy lejana, a unas cuantas calles de allí hizo reverberar todo el edificio.
David caminaba lenta y despreocupadamente por las calles de su ciudad observando todo cuanto sucedía a su paso. El deambular de los peatones, los coches que transitaban las calzadas, el sol poniente que sumía a la urbe en una penumbra creciente, las farolas que empezaban a iluminarse. Todo lo que sucedía a su alrededor era un devenir de acontecimientos escritos de antemano, que tejían lentamente la perfección de las cosas. La conciencia universal que se manifestaba en cada hecho, en todas las minucias y acciones aparentemente irrelevantes. Pero él sabía, ahora sabía, que todo tenía un por qué.
Su teléfono móvil empezó a sonar, pero se hallaba en una avenida congestionada por el tráfico. Cada tono, al igual que cada latido de su corazón se aunaron en un compás imperceptible, en un ritmo perfecto, en una melodía sincronizada que marcaba los segundos finales de su existencia. Mientras cruzaba por un paso de zebra, la llamada continuaba y se prolongaba y su corazón latía. Latía con una fuerza extraña y cálida, porque todo, absolutamente todo, está conectado y cada una de las personas, de las cosas e incluso de los órganos conocen de alguna manera cuando ha llegado la hora de cerrar. De seguir esa luz que hace que avancemos y hallemos la paz.
Alcanzó la acera y entonces sintió un gran calor a su espalda. Un fogonazo de luz que se propagó por todas partes. Escuchó un terrible estruendo y de pronto todo quedó en silencio Una especie de pitido que aumentaba progresivamente de volumen se introdujo en sus oídos y ya no le dejó. Cerró los ojos y se mantuvo allí, inmóvil, esperando, aunque no sabía muy bien a qué. Transcurrieron unos minutos donde por su mente desfiló una secuencia de imágenes en las cuales él era un bebe, un niño y un hombre adulto. En un instante toda una vida de recuerdos, decisiones y situaciones se filtró en su mente para luego abandonarle.
Experimentó entonces una paz profunda y unas voces abrumadoras que repetían su nombre a las que no podía resistirse. Antes de rendirse a ellas y a su llamada, recuperó el sentido del oído y abrió los ojos. Se dio la vuelta y descubrió la calle ardiendo. Lenguas de fuego y columnas de humo ocupaban la avenida. A unos metros de él un grupo de gente se disponía en un círculo. Muchos susurraban, otros lloraban y unos pocos gritaban algo sobre una ambulancia. Se acercó lentamente, resistiéndose a la voces y entonces, filtrándose entre la multitud se vio a sí mismo tirado en el suelo en una posición extraña, moviéndose y convulsionándose por el dolor. Su piel siempre rosada, ahora se había convertido en cetrina, sus ropas humeaban y un gran charco de sangre empezaba a aparecer bajo su cuerpo. El terror le turbó durante un instante, pero las voces le decían que no había por qué temer. Que todo iría bien.
Después escuchó los latidos. Los latidos finales y restantes de su corazón que se apagaba. Mientras lloraba, observando su muerte, no se dio cuenta de que en el bolsillo de su chaqueta, el busca había empezado a sonar.
18 - 06 - 10
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