lunes, 31 de mayo de 2010

ALA DE ÁNGEL

El silencio es la peor de las torturas. Las palabras nunca dichas o aquellas que se dejaron de escuchar. La prisión de la monotonía y la indiferencia de la rutina. Cuando se acaban las miradas, cuando la comprensión ya no existe, cuando sólo queda la duda y la tristeza. ¿Os habéis preguntado alguna vez quién sois? ¿Os habéis parado a pensar alguna vez que cambiaríais de vuestras vidas si pudierais? ¿Qué sucede cuando ya no hay razón para continuar luchando? ¿Cuál es el motivo por el que sigues haciendo tal cosa o estando en tal sitio? La vida es como una vela, que poco a poco va consumiéndose hasta el final de nuestros días, pero ¿y si la llama de la esperanza, de la pasión o la inquietud se apaga antes de tiempo? ¿No es lo mismo que morir en vida? ¿No es lo mismo que si la luz se hubiera apagado definitivamente?
   ¿Qué sucede cuando todo esto termina? Y más aún ¿qué ocurre cuando nos aferramos a esta agonizante vida por temor a enfrentarnos a nosotros mismos? ¿Os habéis preguntado alguna vez todas estas cuestiones? Quizás todos debiéramos ahondar en nosotros mismos más de lo que hacemos. Nadie se conoce realmente. Cuando el miedo a la libertad es mayor que la prisión de la soledad. Cuando decidimos vivir en el olvido a olvidar. A veces, permanecer implica pagar un precio demasiado alto.
   Sin más preámbulo, os dejo con la historia.


                                                ALA  DE  ÁNGEL


   Sentado en el sofá, observó su obra. Yacía allí, sobre el tapete blanco, encima de la mesa de madera de sándalo que hacía dos años la madre de Josué les había regalado. Había tardado casi tres horas en escribirla. Durante mucho tiempo pensó en todo lo que iba a decirle y siempre le resultó fácil, pero llegado el momento, había sido increíblemente difícil expresar todo aquello que sentía, apesadumbraba, ahogaba...y hacerle entender el porqué de su decisión.
   Pensó que de todas maneras, no lo entendería. Un suspiro de rabia y resignación rompió el silencio brevemente interrumpido por los truenos, todavía lejanos, que presagiaban la primera tormenta del otoño inminente. Miró en derredor, observando cada objeto, cada rincón y en consecuencia, cada recuerdo y sobre estos, más recuerdos que abarrotaban su mente y producían una agonizante sensación de agobio. Sin embargo, lo había conseguido. Había vencido al miedo y a la duda. El momento anhelado no era ya un deseo si no un hecho y la carta, al fin, estaba escrita.
   Sí, abandonaría todo aquello y sin saberlo o sin querer escuchar lo que su corazón aún tenia que decir, una punzada de melancolía recorrió su cuerpo a modo de escalofrío. Se levantó y se dirigió a la ventana, mirando de reojo la carta, al pasar frente a la mesa. Apartó la cortina traslúcida y observó la calle. Gris, como tantas otras veces. La diferencia con las demás le produjo una especie de sonrisa disimulada por las sombras de la estancia. Aquella sería la última vez que vería el comercio de verduras de la Señora Besora, la última vez que vería el banco donde todas las tardes (si no hacía demasiado frío) se sentaba el Señor Ponciano. Pensó que echaría de menos sus cómicas historias de la guerra. Al menos él se las pintaba así. Más arriba, los tejados de la ciudad se extendían hasta perderse en lo que le alcanzaba la vista. El cielo estaba cubierto. La lluvia no tardaría en hacer acto de presencia. Que pena que llueva hoy, pensó.
De todas formas hacía mucho que llovía.
Sombras.

   El café estaba casi lleno. Llevaba media hora esperando a Elena y empezaba a impacientarse. Miró el reloj por enésima vez y suspiró. Le dio un pequeño sorbo al café, que se le había enfriado, cuando vio aparecer a su amiga acompañada de dos chicos.
- Siento el retraso –se apresuró a decir-. En la imprenta nos ha venido un cliente pidiendo un trabajo urgente y como es amigo del jefe...en fin... un rollo.
- Que le vamos a hacer... –dijo él mirando a los dos chicos.
- ¡Ay perdona! –Exclamó Elena -.Estos son Marc y Josué.
   Eran amigos de la facultad. ¡Que guapo era Josué! –pensó. Su mirada, al darle la mano, le produjo cosquillas en el estómago. Había estado charlando con Elena un rato hasta que este intervino en la conversación. Su voz era dulce y era culto.
Elena estudiaba medicina. Miguel la conoció en el instituto y desde entonces habían sido inseparables. Lo habían compartido todo. El primer día de clase en el aula 17 ya se sentaron juntos y juntos permanecieron toda la secundaria y el bachillerato. Prometieron estudiar medicina, pero él rompió su promesa al decantarse por la biología. Fue un duro golpe para Elena. En cierto modo se sintió traicionada, pero con el tiempo, inevitablemente le perdonó y su relación perduró.
Ya en la universidad de medicina, fue donde Elena conoció a Josué y en el café, aquella tarde, marcó el destino de Miguel y por supuesto el de propio Josué.
Josué había confesado a Elena su homosexualidad  en la universidad y está no se sorprendió. Se limitó a sonreír y a restarle importancia. Miguel la llamó la misma noche después de tomar el café haciendo preguntas sobre Josué. Le gustaba y esta había despejado sus sospechas sobre su compañero de clase, pero no se atrevió a decir nada a Miguel.
Este le dijo que era homosexual la noche de la cena de fin de curso. Aquella en la que sus caminos se dividían y en la que sus propias vidas empezaban una nueva etapa hacia la universidad. Ella se le había acercado en aquel pub, en un momento de intimidad, fuera del alcance de sus otros compañeros y sobrecogidos por el alcohol y aquella canción que le costaba tanto recordar. Le miró, le rodeó con sus brazos e intento darle un besó. La negativa de él y la conversación de más de dos horas que le siguió, le costó muchas lágrimas. Al final, Elena le perdonó no haberle confesado tal secreto, pero le costó mucho más renunciar a sus sentimientos.
Cuatro años más tarde, Josué y Miguel se irían a vivir juntos. Fue fantástico, hasta que ocurrió... “aquello”.


  El recuerdo de la tarde del café desapareció cuando la cafetera empezó con su gorgoteo. Sus ojos, verdes, estaban llenos de lágrimas.
   - Ahora no - imploró-. ¡Por favor, ahora no!
   Los recuerdos volvían. No podía consentirlo. Otra vez no. Estaba demasiado cansado para hacer frente a todo. El subconsciente le estaba traicionando. Los recuerdos le acuchillaban para intentar retenerle.
 Observó con asombro que le temblaban las manos al servirse una taza del humeante café. Se sentó en la mesa de roble de la cocina y sintió que su corazón se encogía de pena. ¡Cuánto tiempo perdido! Volvió a tener la ya familiar sensación de que el tiempo se le estaba agotando. Lo había malgastado. Había cometido muchos errores y quizás el mayor fue aceptar irse a vivir con Josué. Se amaban o por lo menos fue mutuo durante un tiempo, pero tras el accidente, Miguel nunca volvió a ser el mismo y a partir de entonces, las caricias no se diferenciaron del tacto de las sábanas, los besos carecían de la pasión que tan continua fue al principio y las palabras perdieron significado, limitándose a eso, palabras.
   De pronto, otro recuerdo burló las alarmas de su mente y regresó a su memoria.
Sombras.

   Los dorados campos de trigo se extendían más allá de la colina que llegaba hasta el río. Las espigas, repletas de granos, se movían al paso de aquel niño que ni si quiera podía ver por encima de ellas. Aquel año habría buena cosecha. El sol se dirigía al crepúsculo adornando el cielo de bellos tonos rojizos y anaranjados. El perro ladraba donde empezaba la falda de la montaña, intentando atrapar en vano a las aves, que disfrutaban de las corrientes térmicas que se producían a escasa altura en aquella zona del valle. El abuelo le hacía señas al niño moviendo la mano de un lado a otro para que pudiera verle. Este corría velozmente por el campo. El abuelo pensó que podría llegar a ser un buen corredor en el futuro. Un momento después aparecía triunfalmente de entre el paisaje dorado, que no tardaría en perder su esplendor, en su camino hacia la recolección. El hombre se agachó y el niño se lanzó a sus brazos con una amplia sonrisa, provocando que ambos cayesen al suelo y estallando en carcajadas.
   Permanecieron un rato allí, estirados, en el verdor de la hierba que ascendía por la ladera, mientras el perro, emocionado por el encuentro, les estiraba de las ropas con los dientes. El abuelo, que aún se hallaba en plenas facultades, cogió a su nieto y lo aupó  hasta sentarlo en sus hombros para que pudiera ver el espectáculo del atardecer sobre los campos. Este, respondió con una exclamación de asombro y fascinación. Su abuelo entornó los ojos con satisfacción, disfrutando del aire cálido que le azotaba en la cara.
   De pronto, el tiempo se detuvo. Los ladridos del perro se acallaron, el aire dejó de susurrar, las nubes dejaron de moverse e incluso el sol pareció detenerse en su rutina abrasadora. Nieto y abuelo, mirando al cielo,  como si de un acto predeterminado de antemano se tratase, vieron descender una pluma. En silencio absoluto, esta caía hacia ellos con movimientos de vaivén. Aterrizó en la bota del abuelo de manera venerable. Casi magistral. Este alzó al niño de su cuello sin tensar a penas los fuertes brazos y lo dejó en el suelo. Luego se agachó para recoger la pluma, seguido por los ojos del chico hipnotizado. La pluma era larga, blanca, bella...
   - Esta es la pluma del ala del ángel de la vida – dijo casi en un susurro extendiéndosela a su nieto.- Consérvala, es la llave del tiempo.
   El niño, sin entender lo que su abuelo decía, acercó su mano temblorosa a la pluma y al cogerla sintió que una fuerza extraña invadía su cuerpo. Luego sonrió a su abuelo y el atardecer siguió su curso.

   El fulgor de un relámpago se adentró por la ventana de la cocina despertándole de aquel recuerdo que creía olvidado. Le prosiguió el inevitable trueno con un estallido estremecedor. Su respiración agitada y el sudor frío que le recorría la piel eran los propios de una pesadilla. Pero aquello no fue ni mucho menos un horrible sueño, si no una revelación.
   La casa le estaba embrujando con momentos de su vida, escondidos en algún rincón de su mente y que ahora, precisamente ahora volvían para arraigarle, para retenerle entre aquellas paredes que le aprisionaban desde hacía tanto tiempo.
   Se levantó repentinamente volcando la silla. Abandonó la cocina corriendo, adentrándose en el pasillo. Sabía perfectamente a donde iba. Tenía la necesidad imperiosa de recuperar la llave del tiempo. Su llave.
Subió las escaleras hacia el segundo piso. Un trueno amenazó con entrar, retumbando en el cristal de la ventana de la habitación de invitados cuando pasó por la puerta. Sintió que el único modo de escapar sería recuperando “el ala del ángel”. Mientras avanzaba por el pasillo hacia las escaleras del desván empezó a llorar de rabia y tristeza. ¿Cómo podía haber olvidado el regalo de su abuelo? ¡Tan a penas recordaba los campos del pueblo, lejanos, perdidos! El destino estaba conduciendo su vida a la autodestrucción, desligándole del pasado, lo único bueno que conservaba. Paladeó la palabra y sintió su dulce amargura.  Fue entonces, mientras subía las desvencijadas escaleras hacia el desván, cuando se dio cuenta de lo que su abuelo le había querido enseñar aquella tarde al pie de la colina. La pluma era una nueva esperanza, era la puerta de salida, era la vida robada.
   Como un desquiciado, apareció en la sala oscura, iluminada por el relámpago continuo, acompañado de su hermano trueno. La tormenta era inminente. Le dio al interruptor con respiración entrecortada. La bombilla, cubierta de polvo, se encendió un instante, apagándose tras un chispazo en forma de estrellas. Hacia tiempo que no subía al desván. Una abrumadora sensación de bienestar le sobrecogió un momento (fruto del reencuentro con su historia, o quizás por creer que el desván era el lugar de los recuerdos), para abandonarle después, rasgándole como un afilado escalpelo. Lentamente, nervioso, ansioso, avanzó por la estancia hacia un gran baúl de aspecto antiguo. Sus superficies de madera, sus grabados y dibujos podían llegar a hacer creer que dentro aguardaba un gran tesoro esperando ser descubierto. El mayor de todos, el recuerdo.
   Se intentó tranquilizar, se arrodilló en el suelo, levantó la tapa y entonces una mezcla de olores volvió a él con seductoras sombras pretéritas. El cuero viejo de unos zapatos, el papel sucio de miles de apuntes de la universidad, la madera húmeda del propio baúl. Buscó lo más serenamente que pudo entre los objetos, los recuerdos,...sus sombras. De nuevo sombras.

   Había mucha gente en la casa. Le ponían nervioso, con sus tazas de café, murmurando palabras que no llegaba a entender y sus miradas de compasión clavadas en él. ¡Les odiaba!
   Su padre le hizo entrar en la habitación a pesar de su resistencia. La oscuridad de la estancia se veía manchada por una tenue luz, producida por una lámpara sobre la mesilla de noche. Estaba asustado. Quería salir de allí, pero las piernas no le respondían. Las persianas estaban bajadas y se respiraba el olor dulzón de la muerte. En el fondo, él lo sabía.
   - Carlos, déjanos solos – oyó decir.
   Su padre cerró la puerta tras él y todo se sumió en el más absoluto silencio. Sé quedó allí, sin moverse, con la cabeza gacha, como si hubiese hecho algo malo y esperase el castigo.
   La figura acostada en la cama habló.
   - Acércate Miguel. No tengas miedo.
   El chico levantó la mirada hacia la voz y se quedó paralizado. La mujer que tenía delante no era la que él recordaba. Su cara estaba amarilla, ictérica. Los huesos de la mandíbula se le marcaban por todo el contorno facial, recubiertos de una finísima capa de piel húmeda, pareciendo que en cualquier momento fuera a deshacerse. De la melena larga y cobriza no quedaba ni rastro. En su lugar había unos mechones de pelo largo, húmedo y gris que la conferían un aspecto cadavérico. Lo peor de todo eran sus ojos. Pudo observar a la escasa luz de la lámpara que el intenso verde que siempre le dejaba hipnotizado cuando ella le miraba, se había transformado en un marrón verdoso claro. No mostraban la viveza de siempre. Se notaban cansados, ahogados, casi muertos.
   Con fragilidad extrema, levantó una mano huesuda para indicarle que se acercara. Una especie de sonrisa apareció atrozmente en la comisura de sus labios resecos. Se quedó quieto un instante contemplando....Luego, reconociendo a su madre tras aquella fachada, empezó a gemir y pronto las lágrimas brotaron de sus tristes ojos.
   - No llores, hijo mío - dijo ella cansinamente y con voz quebrada -. Acércate y dale un abrazo a tu madre.
   El niño se acercó entre sollozos y la abrazó fuertemente. La madre, delicada, reunió sus últimas fuerzas para que él notase el intenso, inquebrantable e inolvidable amor entre sus brazos.
   - Así mi niño. Así.
   - ¡Mamá…! – y estalló en llanto.
   La madre hizo un esfuerzo sobrehumano por no llorar, aunque su corazón lloraba ríos de tristeza, dolor por la inevitable injusticia de tener que abandonar a su pequeño.
   - ¡Mamá yo...
   -  Lo sé, mi niño. Lo sé. Te quiero con toda mi alma – dijo separándose de él para poder mirarle a los ojos, tan bellos, que había heredado de ella  -. Voy a estar contigo siempre.
  El niño gemía y sorbía por la nariz. La madre le acarició la mejilla con ternura y el corazón del niño se deshizo. Ella, cansada, acercó la cabeza de su hijo a su pecho y allí esperó a que se tranquilizara.
  - ¿Oyes mi corazón? – le preguntó -. Escúchalo bien, mi amor.
  El niño produjo un sonido gutural de asentimiento.
   - Mi corazón estará siempre a tu lado. Siempre podrás contar conmigo.
   - ¡No quiero que te vayas! – interrumpió.
   - Donde quiera que estés, piensa que allí estaré yo, contigo y si escuchas con atención, oirás mi corazón que te dará fuerzas para seguir adelante.
   Él la miró con ojos tristes, empañados por las lágrimas. Su madre le cogió una mano y se la llevó a su propio corazón.
   - Se valiente Miguel. Vive intensamente y elige los caminos que creas acertados. Tu padre está aquí para guiarte y yo desde tu corazón también. Que el tiempo no te marchite. Encuentra tú llave y tú cerradura.
   Madre e hijo se miraron. Ella le sonrió.
   - Ahora debo descansar. El ángel va a venir a buscarme.
   - El ala del ángel – susurró él.
   La madre asintió y cerrando los ojos suspiró por última vez. Luego se abandonó para que al fin la muerte la acogiera.

   Los retazos del recuerdo de la muerte de su madre por el cáncer asesino se desvanecieron en fogonazos de imágenes grises. Se encontró sentado en el suelo, apoyando la espalda en la pesada estructura del baúl, donde no había hallado aquello que andaba buscando. Levantó la mirada. La oscuridad se interrumpía ahora con más frecuencia. Se levantó y se acercó a la ventana que daba al balcón. Apoyó los dedos en el frío cristal y exhaló, formando un círculo blanco de humedad. En ese momento, las gotas empezaron a caer desde un cielo negro. Parecía que la lluvia le calmase, pero no era cierto. La verdad es que los recuerdos le estaban atosigando de tal manera que se estaba planteando echarse atrás. De hecho, aún estaba a tiempo. ¡Sí, era pronto! No eran ni las siete de la tarde. Bajaría, rompería la carta. ¡No, la quemaría! Luego esperaría a que Josué llegase sobre las nueve. Era viernes y le gustaba salir a cenar por ahí los viernes, aunque...siendo que llovía quizás encargaran comida china y vieran alguna película de vídeo. Mañana, si le convencía le dejaría ponerse al volante un rato y dar vueltas por el barrio. Recordaba que aquellas clases de conducir le encantaban, sobretodo porque Josué se ponía de los nervios. Era uno de los pocos buenos momentos. Se sorprendió al tocarse con los dedos los labios. ¿Era aquello una sonrisa? Se temía que sí.
   Se olvidó de la pluma y bajó del desván lentamente. A tientas, palpó el interruptor en el pasillo del segundo piso. No funcionaba. ¡Maldita sea! Recorrió el pasillo hasta la escalera del primer piso. Bajó poco a poco y pronto se adentró en la sala de estar. Las sombras producidas por los relámpagos jugaban, moviéndose por el lugar en una danza demoníaca. Fuera, el tiempo empeoraba. La lluvia era casi torrencial y los truenos retumbaban por toda la casa. Se detuvo frente a la mesa. Allí estaba la carta. Hizo ademán de cogerla y destruirla. Josué nunca se enteraría, pero... ¿qué pasaba? ¿Por qué no lo hacía?
   Mentalmente empezó a recordar lo que decían las líneas y volvió a sentir que le faltaba el aire. Se estaba dejando engatusar por la casa, por los recuerdos.
   - ¡No me engañarás! – Gritó dirigiéndose a las paredes - ¡Esta vez no!
   Un trueno intentó rebelarse haciendo acopio de su poder, acallando sus gritos con un estallido feroz.
Se quedó en silencio, en la penumbra, con la respiración entrecortada, autoconvenciéndose de que no estaba loco. Miró a su rival, la carta,  y se acercó con desafiante mirada. Permanecieron así, observándose mutuamente durante cinco minutos, en silencio, sin moverse. Cuando comprendió que ni la carta, ni las paredes, ni la propia casa se iban a lanzar contra él, se relajó y cogió el sobre con las dos manos.
Se había echado a tras muchas veces. El miedo le traicionaba en el último momento y jamás había podido escribir tal carta. Nunca tuvo el coraje de contarle a Josué lo que sentía, lo que le sometía a una vida agonizante. Aquella vez, no habría marcha atrás. La carta estaba allí, escrita, firmada y cerrada y cuando fuese abierta, él no estaría para verlo.
   Había compartido momentos muy felices con Josué. Le había hecho sentir el chico más especial del mundo, durante un tiempo. Sintió añoranza de los buenos tiempos. Le dio un vuelco al corazón. Recordaba las largas tardes, sentados frente aquella misma mesa, hablando sin cesar, conociéndose lentamente, fascinándose por lo que uno creía en tal aspecto y el otro en tal tema. Lo mejor era cuando se enfadaban porque uno no compartía la opinión de otro, pues la reconciliación valía la pena. Observó, curiosamente que llegado un punto, ya no discutían por temas frente a la mesa, si no que Josué exponía su idea y Miguel asentía y callaba.
Retrocedió en el tiempo, cuando todo tenía sentido, cuando todavía conservaba su llave, el pasado, su historia, su vida. Tiempos en los que las palabras eran calor, ímpetu, energía. Tiempos en los que el sol iluminaba su bella sonrisa en contraste con la ciudad gris. Tiempos en los que se levantaba teniendo al hombre que amaba a su lado, sintiendo que no querría dejar de besarle nunca. Aquel tiempo en el que reía. ¿Cómo era su risa? Se vio incapaz de recordarlo. ¡Hacía tanto que no reía!
   Pero todo terminó una noche, en un cruce, con gritos, sangre y luego silencio. A partir de entonces todo perdería significado. Perdería su llave, su pasado, sin comprender que eso era lo que le mantenía vivo, hasta que los recuerdos empezaron a regresar, tan violentamente como se fueron. Aparecían como revelaciones. De hecho, no lo olvidó todo. Mantenía la esencia en su cabeza, pero mezclado, como un rompecabezas que según los médicos, se encajaría pieza a pieza con el tiempo. Y así fue.
   Todo cobraría sentido. Sus recuerdos se alinearían colocándose en su lugar en la rueda del tiempo y Miguel se daría cuenta del error. Fue feliz con Josué mientras conservaba su vida. Su mayor tesoro era su vida, sus recuerdos, lo que tenía que enseñarle al mundo en base a lo aprendido. Este era el mensaje de su madre. “Encuentra tú llave y tú cerradura”. La llave era su pasado, su arma y la cerradura era la aplicación de este en su futuro.
   Ahora había vuelto a recuperar la llave. La cerradura en cambió no se hallaba allí. Por ese motivo abandonaría todo. Aquella vida no le pertenecía. Debía buscar en otra parte, donde fuese capaz de sonreír de nuevo. Pero para ello necesitaría lo que una tarde le infundó de un poder inexplicable. El conducto de salida. “El ala del ángel”
   Dejó la carta sobre la mesa.
   Un relámpago cruzó el cielo al tiempo que lo hizo otro recuerdo. Otra revelación.
   Otra sombra.

   Su padre le despertó con un beso en la frente y susurrándole al oído:
   - Feliz cumpleaños.
   Miguel abrió los ojos al instante. Hacía rato que estaba despierto. Su padre sabía que la noche previa a su cumpleaños dormiría poco, como siempre. Se abalanzó sobre él y este le acogió con un fuerte y caluroso abrazo. Salieron los dos de la habitación y al entrar en la cocina con la intención de desayunar, Miguel se llevaría la increíble sorpresa de encontrar allí a su tía, a su abuelo y a Elena. Todos al unísono le cantaron el cumpleaños feliz. La nevera se abrió y de ella, Elena, sacó una tarta de chocolate y bizcocho donde había escrito: Felices 16.
   Mientras su abuelo, que a pesar de que la edad empezaba a hacer acopio en su cuerpo y había dejado de trabajar los campos, repartía trozos de pastel más o menos iguales, su tía empezó con los regalos. De hecho tuvieron que salir al portal de la casa, pues allí aguardaba una bicicleta de montaña adornada con un gran lazo azul. Siempre había sido espectacular con los regalos. A Miguel le hizo ilusión hasta cierto punto, pero se lo agradeció con un fuerte abrazo que la dejó más que satisfecha.
   Llegó el turno de Elena. Sacó un pequeño paquete de su mochila. Le deseó feliz cumpleaños con su dulce voz  y le dio un beso en la mejilla. Para entonces ya estaba enamorada de él. Miguel abrió ceremoniosamente el regalo para encontrarse con el libro de aventuras que tanto le había gustado al pasar por la librería del barrio. Dentro, una foto de ambos en una excursión del verano anterior y una dedicatoria: “Para el chico más especial de mi vida que hoy cumple 16. Tú amiga siempre. Elena”
Los tres mayores se miraron en complicidad, sonriendo, mientras Miguel le decía que ella era su mejor amiga y que siempre estarían juntos. Se dieron un fuerte abrazo que sonrojó a Elena.
El turno pasó al de su padre y su abuelo que conjuntamente dejaron sobre la mesa un objeto rectangular. No tardó ni un segundo en abrirlo.
   Se quedó mirando fascinado. Era una caja de madera de roble tallada por su propio abuelo. Había dibujado encima un trébol de 4 hojas. Al abrirla, una melodía celestial, compuesta por su padre, empezó a sonar, al tiempo que, en una esquina de la caja, un trébol, de madera increíblemente real, giraba al son de la música.
- Para que guardes en ella todo lo que en tu vida sea especial – dijo su padre.
   Miguel se quedó hipnotizado por la belleza de la caja de música y por su melodía. Eran un conjunto de acordes tocado por ángeles, pensó. Al rato, dio un fuerte abrazo a los dos. Sin duda era el mejor regalo que le habían hecho.
   Supo en seguida lo que guardaría en ella.


   El recuerdo abandonó su mente acariciándole con dulzura. Se dio cuenta entonces que era allí donde estaba lo que buscaba. La pluma descansaba dentro de la caja de música. Se enfureció y entristeció de nuevo al ver que  había olvidado tan bello momento de su vida. Mientras bajaba al sótano recordó haber pensado en su madre aquella mañana de cumpleaños, abrumado por la música que sonaba. Comprendió que la pluma del ángel pertenecía al mismo que se había llevado a su madre aquella noche. O al menos quiso creer que así era.
   Cogió a tientas una linterna de la estantería metálica y enfocó a la oscuridad a la cara. Esta desapareció asesinada por la luz. Observó con paciencia, pero con nerviosismo en derredor. Su corazón bombeaba sangre como si en aquel momento tuviera que demostrar su valía, como si jamás volviera a latir después de aquel instante.
   El habitáculo era pequeño. El polvo cubría todo con una densa capa. Las estanterías estaban llenas de armatostes inservibles que se habían ido acumulando. Le pareció increíble la cantidad de basura que había allí. Incluso la butaca preferida de Josué, que cambiaron al comprar el sofá (todo siempre a gusto de su madre, claro está).  ¿No le dijo que la había tirado?  ¡En fin, ya daba igual! Cuadros, papeles, zapatos, pilas, una batería gastada de coche, una rueda de bicicleta. Buscó con la mirada, pero no vio por ningún lado la caja de música. Tosió acusadamente, por la concentración de polvo. Hacia tanto que no bajaba al sótano.
Empezó a perder la calma. Rebuscó por las estanterías apartando los objetos a los lados. Se agacho, enfocó con la linterna por debajo de las baldas metálicas, pero no había ni rastro. Empujó la rueda hacia la pared, seguida de los cuadros, rasgándose la tela de alguno de ellos. Buscó entre los hierros que en algún momento formaron parte de algo. Nada.
   Sólo le quedaba el armario. Se plantó frente a él suplicante, observando la superficie de madera roída por las termitas. Acercó la mano al asa y abrió manteniendo la respiración, pero tan sólo encontró algunos trapos sucios y libros de la universidad.
   - ¡Maldita sea! – Exclamó dando un golpe con la puerta al cerrar el armario.
   Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el armario. Miró hacia el techo y vio una telaraña que se extendía de un extremo a otro. Observo la bombilla apagada y más arriba aún, forzando el cuello hacia atrás, vio la propia puerta del armario. “Un momento, ¿qué era eso?”
   Se levantó rápidamente y miró con atención. Encima del armario algo le había pasado desapercibido. Enfocó con la linterna y sonrió.
   - ¡Ahí estás!
   Se puso de puntillas, pues a duras penas llegaba a la parte superior. Hizo deslizar el objeto por la superficie de madera a cada salto, haciendo que se acercase más al borde. Pasados unos segundos, una caja de madera barnizada, con un trébol de cuatro hojas grabado en la tapa y cubierta de polvo, caía en sus brazos. Mirando de soslayo las paredes, la sostuvo un instante, refugiándola de la casa, que en cualquier momento podía volver a atacarle y arrebatársela de las manos. Pasado el absurdo miedo, la depositó en una estantería, más o menos a la altura de sus ojos. Retiro la asombrosa capa de polvo que cubría toda la superficie y pasó las yemas sobre el trébol, rozándolo imperceptiblemente, como si en cualquier momento la caja fuese a  despertar.
   Luego, con movimientos muy lentos y el corazón al borde del colapso, levantó la tapa. Una mágica música empezó a sonar y por un instante, el sótano quedó iluminado por una extraña luz.

   La cena de graduación no le agradaba lo más mínimo. Habían acordado que no se quedarían mucho. Josué y Elena en su cena de futuros médicos en un restaurante de lujo, con vestidos de gala, velas, cava y esas cosas que tanto aburrían a Miguel. Él tenía su propia cena con los colegas de biología en el nuevo restaurante de comida china que habían abierto a dos manzanas de donde vivía con Josué hacia casi dos años.
   Estaba algo triste. Pensaba en el mañana. Todo terminaba. La historia se volvía a repetir, como cuando dejaron el instituto. Un futuro incierto se abalanzaba sobre él. Ahora era todavía peor, pues antes sabía que continuaría estudiando, el camino seguía marcado, pero ahora no había nada. No quería hacer el doctorado y tampoco es que hubiese tenido las notas más brillantes de su clase. Era el momento de buscar trabajo, de entrar en otra etapa. Aquello suponía madurar, más responsabilidades, más compromisos para consigo y con los que le rodeaban. Pero por encima de todo, lo que le entristecía, no era tener que buscar trabajo, era la idea del cambio. El cambio implicaba el fin de algo y los finales nunca le gustaban. Significaba dejar atrás momentos, historias, risas y gente. La verdad es que echaría de menos a sus compañeros. Ahora incluso podían llegar a ser sus rivales en lo que concernía a colocarse en algún trabajo y seguro que ninguno empezaba por buscar en las depuradoras. Irían directos a las empresas reconocidas o a las farmacias o a los laboratorios de explotación biológica.
   Era un inconformista. Odiaba el cambio. No le gustaba lo nuevo. Le asustaba, pero sin embargo estaba obligado a él constantemente. No podía permanecer sin él.
   Elena le había llamado hacía un rato. Tardarían un poco en llegar. Todavía seguían en el restaurante. Sin embargo, Miguel y sus compañeros ya se estaban alcoholizando en un pub no muy lejos del restaurante chino.
   Hacía mucho que no se emborrachaba, pero aquel día se dejó llevar. Le daba igual despertarse tirado sobre algún banco a las doce del mediodía o que tuviesen que llevarle a casa a rastras. Quería que no terminase aquella noche. Y no sólo por la gran resaca que le esperaba, aunque no de la manera que él creía.
   Fran se sentó a su lado, en uno de los asientos cochambrosos y roídos de aquel garito indecente al que sorprendentemente seguían acudiendo cada sábado.
   - ¿Qué te pasa? Estás apagado –dijo con un litro de cerveza en la mano. - ¿Quieres? –le tendió el vaso.
   - Paso. Creo que voy algo borracho y la cerveza sabes que nunca me ha gustado.
   Se mantuvo un melancólico silencio. Fran también estaba triste.
 - Bueno supongo que llegó el momento amigo – dijo.
   Miguel le miró sorprendiéndose de sus palabras. Luego le sonrió en la penumbra, iluminado brevemente por algún foco del que ya casi ni se distinguía el color.
- Te voy a echar de menos – dijo lo más sobriamente posible.
- ¡Tampoco dramaticemos ahora! – Exclamó Fran -. No se acaba el mundo. Simplemente...... – le miró a los ojos ensombrecidos -. ¡Joder Miguel que estamos licenciados! ¡Se supone que debemos estar contentos! Además, vivo a cuatro paradas en metro de tu casa. ¿O a caso crees que te vas a librar de mi tan fácilmente? – y le dio un puñetazo en el hombro.
   Empezaron a golpearse amistosamente, bromeando sobre la nariz de Fran, larga y aguileña, sobre la sexualidad de Miguel y el frondoso bigote del camarero. Luego, Miguel se pidió otra copa y mientras recordaban juntos anécdotas universitarias, supo, al igual que su amigo, que no volverían a verse.
   El teléfono móvil sonó dos veces. Elena le intentaba decir que ya iban para allá. Sólo quedaban en el bar algunos compañeros. Fran hacía un rato que se había ido, diciéndole que le llamaría. Que gran mentira. Miguel se quedó dormido en una butaca y allí permaneció hasta que llegaron Elena y Josué.
   - Puedo aminar zolo –balbuceó mientras estos le cogían por debajo de los hombros.
   - ¿Cuántas copas te has tomado? –Inquirió Josué saliendo del garito.
   Abrió la puerta del Opel Calibra que su padre le había regalado. Miguel siempre detestó la ayuda económica de los padres de Josué. Le daba la sensación que vivía la vida de sus padres. Todo siempre a gusto de los malditos padres de Josué.
   Le tumbaron en el asiento de atrás mientras este no dejaba de hablar inteligiblemente.
   - No hace falta que me lleves a casa, Josué . Puedo coger el metro – dijo Elena - observando el lamentable estado de Miguel. Pero a diferencia de Josué, Elena sabía por qué Miguel estaba así. Lo habían estado hablando aquella misma tarde en un extenso café, cuando ella había salido de trabajar de la imprenta donde se ganaba algún dinero extra.
   - No mujer, te llevo. Este ya descansará cuando llegue. Además está medio frito y no voy a dejar que deambules por las calles sola a estas horas.
   Subieron al coche. Lo puso en marcha casi imperceptiblemente. Empezaron a hablar de la especialidad de medicina. A Elena se le hacía un poco cuesta arriba. Josué la echaría una mano y con un poco de suerte y la ayuda de su padre, cirujano, la vida les sonreiría. Hablaron sobre la imprenta, sobre el calor pegajoso de ese mes de julio, de donde irían aquel verano. Planearon una excursión al campo los tres juntos, así se despejarían de la agobiante ciudad. En aquel momento se sintieron mayores, con responsabilidades. La idea les gustaba a ambos y sentían que debían proteger a Miguel. Era muy listo, pero a la vez ingenuo.
   A pesar de todo, nadie le conocía del todo y eso Elena también lo sabía. Y le dolía. Tras un silencio, dejándose llevar por el pensamiento, dijo:
   - Cuida de Mike, no está en su mejor momento.
   Josué, sorprendido por aquellas palabras, la miró directamente a los ojos, sin comprender. Ese error le iba a costar muy caro.


   El ángel vino a buscarla. Sí, el mismo que perdió una pluma una tarde de verano. El mismo que se llevó a su madre. Descendió en el silencio de la noche. El tiempo se detuvo para reverenciar su presencia. Deambuló entre la desgracia acaecida en la carretera. Había un coche boca abajo con dos personas dentro. Era un amasijo de hierro. Se dirigió a lo que quedaba del vehículo. Se sorprendió (pues los ángeles también se sorprenden) de ver allí al hijo de aquella mujer que vino a buscar muchos años antes. Tanto él como el otro aún estaban vivos. No había llegado su hora.
   Mas allá, un camión. Se había intentado desviar de la carretera, pero le fue imposible salvar el vehículo que se había saltado el stop. Había lanzado al coche y a sus pasajeros dando vueltas de campana varios metros y se había estrellado contra el muro de un solar en construcción.
   El ángel alzó el vuelo con incorpórea y espectral belleza y soltura hasta situarse frente a lo
que quedaba de una de las ventanillas del camión. Allí vio a un hombre tirado sobre el volante sangrando de gravedad, pero tampoco era a quien venía a buscar.
   Descendió y observó. Volvió al coche y vio que el cristal delantero estaba resquebrajado, pero se mantenía, a excepción del lado del copiloto, donde se abría un gran agujero. Siguió el rastro de cristales hasta que la encontró.
   Estaba boca abajo, con las piernas en una postura imposible cubiertas de sangre. La larga melena
castaña sobre la cara. El cuello estaba girado hacia el lado opuesto del cuerpo. Los brazos, llenos de cortes y un gran charco rojo manchando el suelo. Sentenció el ángel que era ella a quien venía a buscar. Se agachó frente a la joven. Esta fue tocada por el ser celestial y un aura rodeó el cuerpo inerte.
   Segundos después el ángel desapareció y los grillos del solar de enfrente volvieron a cantar.


   Se dio la vuelta en el umbral. Dirigió su última mirada al interior. El pasillo solitario se extendía hasta casi perderse en la sala. Un relámpago cruzó el cielo y pudo distinguir la carta descansando sobre la mesa. Otra imagen entre las sombras. Un nuevo recuerdo. Se dio la vuelta evitando la trampa de la casa, mirando a la calle y a la cortina de lluvia que todo lo cubría. Respiró la humedad y sintió que se llenaba de vida. Luego, se colgó al hombro una bolsa negra gastada de viaje, con algunas pertenencias y cerró la puerta. Abriendo el paraguas y adentrándose en la tormenta creyó oír el último grito de la casa, desesperada, llamándole para que volviera. Un escalofrío le recorrió fugazmente el cuerpo. Luego su sombra se alejó para unirse a las demás y confundirse en la noche.

   El coche aparcó frente a la casa. Sacó el paraguas y rápidamente salió a merced de la lluvia para cobijarse después en el portal de la casa. Se asomó al vidrio de la puerta, pero no se veía luz alguna dentro. Llamó al timbre dos veces, preguntándose donde estaría con aquel tiempo. Sacó un juego de llaves del bolsillo, hizo girar una de ellas en el mecanismo de la cerradura, abrió la puerta y entró. En la penumbra del pasillo percibió algo extraño. La sensación de adiós y de pérdida al mismo tiempo. Un sentimiento de olvido. Presionó el interruptor varias veces, pero la luz no funcionaba. Colgó el abrigo y el paraguas y avanzó hasta el pie de las escaleras, iluminado por un relámpago que distorsiono el lugar en cientos de sombras. Le llamó por su nombre varias veces. Esperó unos instantes a que la respuesta se produjera, mas no hubo ninguna. Entró en el salón, ahora con el corazón encogido, acentuada esa percepción extraña. Allí no había nadie. Subió al primer piso, donde el resultado fue el mismo. Ni si quiera se molestó en subir al desván. Él nunca iba allí. Los recuerdos habían marcado su vida, aunque Josué no llegaba a entender de que modo. Volvió al salón, y se sentó en el sofá, entre las sombras. Sintió la casa muy vacía. Se sintió vacío y añoró como hacía mucho que no lo hacía, la figura de Miguel moviéndose de un lado para otro, revisando el correo, o sentado en la butaca cerca de la ventana que daba a la calle, leyendo algún libro. Se detuvo a pensar y se dio cuenta de que no conocía los gustos literarios de su pareja. La aprensión se apoderó de él, como si supiera que lo inevitable había sucedido al fin. Había estado ciego. Se fijó entonces en algo sobre la mesa. Se levantó, cansado del duro día en el hospital, pero sobretodo apesadumbrado por las revelaciones que se le insinuaban desde algún recóndito lugar de la conciencia. Se acercó y comprobó que era una carta a su nombre, escrito este con grandes letras. La abrió y empezó a leer con avidez.
   Minutos más tarde la carta yacía en el suelo, tirada. Salió, dejándose la puerta abierta. Se metió en el coche, las lágrimas resbalando por sus mejillas. Lo puso en marcha. Los focos, dos diminutas luces en la monstruosa tormenta. Aceleró, dejando una marca de ruedas en la calzada y buscó inútilmente una sombra en una ciudad gris llena de sombras.


   Pidió un billete en la taquilla a cualquier lugar perdido del mundo que saliese lo más prontamente posible. El tren estaba estacionado en la vía, esperándole sin duda alguna. Salió al andén con paraguas cerrado, con movimientos lentos, percibiendo con una claridad extraña todo a su alrededor. La lluvia mojándole por completo, sintiendo que el agua renovaba su cuerpo y se llevaba toda la oscuridad que había albergado en su interior durante tantos años. El sonido líquido al contacto con sus zapatos, la humedad que se respiraba en el ambiente, esa sensación de marcha que producen las estaciones, pero que de ningún modo era triste. Y por encima de todo, un silencio agradable. Una quietud embelesadora y relajante. Un nuevo tipo de soledad que hasta ahora no había experimentado, porque siempre estuvo condenado a verla venir de la misma persona, de los mismos recuerdos y las mismas palabras vacías. Ahora sentía que podía respirar. Podía discernir los colores de las cosas, el olor de las flores. Y el nerviosismo de lo desconocido, quizás incluso de una aventura. La capacidad reencontrada para ilusionarse. La pasión por las cosas, por lo misterioso, por la vida.
   No dudó ni por un instante. Se subió por una de las puertas correderas más cercanas  y observó un pasillo enmoquetado que se perdía de izquierda a derecha. Respiró profundamente, observando a otros pasajeros que se adentraban en el tren. Quizás ellos también habían decidido cambiar de vida. Quizás alguno de ellos quisiera también reencontrarse.
   Recorrió algunos vagones comprobando su billete hasta que dio con el adecuado, en el cual se hallaba su asiento. Dejó la bolsa de sus pocas pertenencias en el suelo. El compartimiento estaba vacío. Se sentó y miró por la ventana. La lluvia y la oscuridad a penas dejaban ver nada. La estación parecía haberse borrado de un suspiro. Tan sólo leves contornos, se desdibujaban bajo la tormenta. Respiró de nuevo profundamente, exhalando los últimos resquicios de aquella parte de su vida que al fin llegaba a término, al tiempo que las puertas del tren se cerraban. Segundos más tarde este se puso en marcha.
   A la escasa luz artificial del habitáculo, sacó una caja artesana de madera con un trébol de cuatro hojas grabado en el centro. La abrió y una música llenó la pequeña estancia con su melodía de ensueño. Luego cogió la pluma con dulzura. La alzó hasta situarla a la altura de sus ojos y observando su belleza, sonrió.
   Al fin se sintió libre.

                                                                                                                      
                                                                                                                 31-5-10

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